La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, obtuvo la mayoría parlamentaria, lo que le permitirá impulsar nuevas reglas para tener "un ejército normal" y más armamento
La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, obtuvo la mayoría parlamentaria, lo que le permitirá impulsar nuevas reglas para tener "un ejército normal" y más armamento

El domingo pasado, Japón dio un giro que puede redefinir su identidad nacional. En elecciones anticipadas, la primera ministra Sanae Takaichi obtuvo una supermayoría parlamentaria sin precedentes en la historia moderna del país. El resultado consolida su liderazgo y abre la puerta a una transformación estructural: el posible abandono definitivo del pacifismo de posguerra y el regreso de Japón a un papel militar más activo en Asia.
Un análisis publicado por The New York Times subraya que esta victoria no se explica únicamente por el programa político de Takaichi, sino por su figura.
“Durante décadas fue legisladora, pero solo recientemente se convirtió en el centro del escenario. Su ascenso ha sido meteórico y, en buena medida, personalista. Baterista aficionada de heavy metal, entusiasta de las motocicletas y del beisbol, activa en redes sociales y con una narrativa directa, Takaichi ha construido una imagen de autenticidad poco habitual en la política japonesa contemporánea”, se escribe en el ensayo.
Esa personalidad ha sido clave en una campaña que combinó sensibilidad económica con firmeza ideológica.
Supo hablarles a las familias golpeadas por el encarecimiento de la energía y los alimentos, y conectó con una percepción creciente de que Japón se ha vuelto “demasiado abierto” a la inmigración y al turismo masivo. Pero bajo esa agenda inmediata se esconde el proyecto de mayor calado que busca redefinir el papel de las Fuerzas de Autodefensa y, eventualmente, reformar la Constitución para permitir que Japón tenga un “ejército normal”.
“La parte potencialmente más transformadora de su agenda es su ambición de reforzar el ejército japonés como no se había visto en décadas”, dice el texto de NYT.
El peso de la historia
El pacifismo japonés no es un simple principio político, ya que está inscrito en la Constitución de 1947, redactada bajo ocupación estadounidense tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial.
El trauma de Hiroshima y Nagasaki, las dos ciudades devastadas por bombas nucleares, moldeó una identidad nacional basada en la renuncia explícita a la guerra. Durante décadas, Japón limitó su aparato militar a funciones defensivas estrictas, bajo el paraguas de seguridad de Estados Unidos.
Takaichi representa a una corriente conservadora que considera que ese modelo quedó obsoleto ante el nuevo entorno estratégico. Para ella, el pacifismo constitucional ha significado, en la práctica, una dependencia excesiva de Washington y una renuncia innecesaria a la soberanía plena.
Con la supermayoría obtenida el domingo, la primera ministra dispone ya de la fuerza parlamentaria necesaria para impulsar una reforma constitucional, aunque el proceso requerirá también respaldo popular en referéndum y no se ve fácil el escenario. La sociedad japonesa sigue dividida.
Trump y el nuevo cálculo estratégico
El factor estadounidense es determinante. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reconfigurado la ecuación. Trump ha insistido durante años en que los aliados deben asumir mayor carga en su propia defensa. Japón, pieza clave del sistema de alianzas en Asia-Pacífico, no es la excepción.
Takaichi aceleró el aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB, dos años antes de lo previsto. El mensaje hacia Washington es que Japón está dispuesto a asumir más responsabilidades. Pero el movimiento no es meramente reactivo; también es estratégico. En un contexto donde el compromiso estadounidense puede ser más transaccional, Tokio busca reforzar su autonomía disuasiva.
De acuerdo con el corresponsal de El Mundo en Busán, “la japonesa ha importado algunos de los famosos eslóganes del movimiento MAGA de Trump ("Japón primero") y apuesta por fortalecer la tradicional alianza de seguridad con Washington”.
China como eje de tensión
Si Estados Unidos observa con satisfacción un Japón más fuerte, en Pekín la lectura es distinta. China ha manifestado inquietud ante el giro japonés. Takaichi es una de las voces más críticas hacia el gobierno chino dentro del establishment nipón y ha expresado abiertamente que Japón podría implicarse si China atacara a Taiwán.
La fricción no es teórica. Las disputas marítimas en el Mar de China Oriental, la presencia creciente de buques y aeronaves en zonas sensibles y la competencia por influencia regional elevan el riesgo de incidentes. La posibilidad de un error de cálculo —un choque accidental, una maniobra mal interpretada— es una preocupación constante tanto en Tokio como en Pekín.
En este escenario, la supermayoría de Takaichi adquiere un significado geopolítico. No se trata solo de una reforma doméstica; es un mensaje a China de que Japón está dispuesto a endurecer su postura. Para Pekín, el recuerdo histórico del militarismo japonés convierte cualquier fortalecimiento castrense en un asunto altamente sensible.
Liderazgo y narrativa
Parte de la fuerza de Takaichi radica en su capacidad para transformar críticas en oportunidades. Ante comentarios sexistas sobre su vestimenta antes de una cumbre del G20, optó por responder con pragmatismo: afirmó que representaría a Japón “con toda su gloria y belleza”. Esa reacción, lejos de victimizarse, reforzó su imagen de firmeza y orgullo nacional.
Su estilo mezcla simbolismo cultural con determinación estratégica. Tocar la batería junto a líderes extranjeros o mostrarse cercana en redes sociales no son gestos triviales: forman parte de una narrativa de renovación. En un país donde el liderazgo político ha sido percibido como gris o tecnocrático, Takaichi proyecta carácter y dirección.
¿Fin del Japón pacifista?
La pregunta de fondo es si Japón está ante el fin definitivo de su identidad pacifista o ante una adaptación pragmática a un entorno más hostil. La respuesta dependerá de la capacidad de Takaichi para convencer a una sociedad que aún valora profundamente el legado de posguerra.
Lo cierto es que el mandato del domingo le otorga una oportunidad histórica. Entre la presión de Washington, la expansión militar china y las tensiones en torno a Taiwán, Japón se encuentra en una encrucijada. Takaichi parece decidida a abandonar la ambigüedad estratégica y asumir un rol más robusto.
El regreso a las armas no es, en su narrativa, una ruptura con el pasado, sino una actualización necesaria para garantizar la paz. Sin embargo, en Asia oriental —una región marcada por memorias largas y equilibrios frágiles— cada paso en esa dirección tendrá repercusiones que irán mucho más allá de Tokio.
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