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El Estado de la Unión y la escenificación del poder

El State of the Union se supone que es un informe. Una rendición de cuentas institucional ante el Congreso y ante el país sobre economía, seguridad y política exterior, entre otros temas.

Pero con Donald Trump, nunca es solo un informe. Es una puesta en escena.

Trump es político, sí. Pero antes que eso es showman, y lo practicó por muchos años entre el concurso Miss Universo y diversos programas de televisión. Domina algo que algunos subestiman: el poder no solo se argumenta, se dramatiza. Porque en política, quien mueve emociones, mueve voluntades.

Y el escenario del Congreso es, para él, un teatro perfecto.

Su entrada lo revela todo.

Los martillazos que ordenan el recinto resuenan. La voz protocolaria anuncia la entrada del presidente. El Congreso se pone de pie.

Entra sonriente, visiblemente satisfecho. Tiene toda la atención centrada en él. Las cámaras lo siguen. El recinto guarda expectativa.

Pero al comenzar a descender las escaleras, el gesto cambia.

Aparece el personaje. La mandíbula se aprieta. La mirada se fija, tensando los párpados, y se vuelve desafiante. El rostro pierde suavidad.

Es el tránsito del hombre al símbolo.

Esa tensión mandibular comunica contención, firmeza, control. La mirada sostenida envía otro mensaje: dominio.

En la nueva política mundial del “hombre fuerte” —donde podemos incluir a Putin o a Kim Jong-un— la estética del poder pasa por la dureza facial, la postura elevada y la demostración constante de fuerza.

En este contexto, la fuerza visual representa autoridad. Y la autoridad, control.

Trump habla de grandeza, pero sobre todo la escenifica.

Luego entra Melania.

Su transformación también comunica. Power suit gris de Dolce & Gabbana, hombros estructurados, camisa blanca impecable.

El gris institucionaliza.

La camisa blanca comunica pulcritud, claridad y control.

El conjunto neutraliza cualquier lectura sensual y la coloca en un registro ejecutivo.

Los hombros marcados proyectan estructura y poder.

Ha intentado distanciarse del arquetipo de primera dama como “mujer florero” para adoptar una imagen más activa.

Entró y sonrió de una manera más relajada que en otras ocasiones. Saludó a Barron, su hijo. Y tras los aplausos, después de unos segundos, saludó a Ivanka con protocolo medido.

No es casual tampoco la presencia del equipo de hockey de Estados Unidos que recientemente derrotó a Canadá.

En apariencia es un reconocimiento deportivo. En narrativa simbólica es otra cosa: victoria, rivalidad, competencia. Y la necesidad de un adversario claro. En este caso, Canadá.

Durante 1 hora y 47 minutos, Trump manejó su show a su antojo. En ocasiones cambió el gesto rudo por uno más complaciente cuando mencionaba tragedias. Pero dominó, la mayor parte del tiempo, la expresión de un comandante al acecho.

Y en medio de esa coreografía dominante, hubo otro lenguaje.

Marco Rubio.

Entró sonriente, relajado. No sobreactuó. No endureció el rostro.

Se sabe respetado. Y eso cambia el cuerpo.

Mientras Trump representa dominancia, Rubio representa institucionalidad.

Trump expande su presencia. Rubio la dosifica.

Uno proyecta control visible. El otro proyecta estructura.

Cuando Trump le pidió que se pusiera de pie para recibir aplausos, Rubio lo hizo de manera discreta.

Aceptó el reconocimiento con sobriedad.

Sin expandirse. Sin apropiarse del reflector.

En un mismo recinto convivieron dos formas de ejercer poder.

Trump expande su presencia.

Rubio la dosifica.

En política, la fuerza puede escenificarse.

La autoridad no.