Supremacía informativa de Palacio. Titulares de medios impresos y entradas de noticieros me recordaron la conducta de la prensa de más de 60 años atrás. No sólo devaluaron el alto valor noticioso de la derrota parlamentaria de la iniciativa presidencial de contrarreforma política constitucional, a pesar de haberse iniciado este sexenio con una sobrerrepresentación espuria, inconstitucional en el Congreso. También le concedieron a la presidenta el protagonismo informativo, con la repetición de su anuncio de un desconocido plan B para reponer algo de lo perdido en San Lázaro. En el sexenio de Díaz Ordaz (tan presente en la actual reconstitución de un Ejecutivo duro) por ejemplo, murieron personajes como Chischil y De Gaulle. Y hubo titulares de nuestra prensa que destacaron, sobre aquellos hechos noticiosos de valor y trascendencia histórica, el mensaje de condolencia -uno entre miles- del presidente mexicano.
Monopolio político y monopolio informativo. Hay aquí un prejuicio antehistórico, atado al proyecto regresivo del actual septenio: la figura presidencial no sólo ostenta el monopolio del poder político, sin competencia ni contrapesos, sino que, a ese monopolio, le corresponde también el monopolio de la definición de la agenda pública: el control de los temas de conversación y el debate públicos. Y así enviaron esos medios al segundo plano la derrota del miércoles del Poder Legislativo al Ejecutivo y trajeron al primer plano de la conversación un proyecto presidencial que ni siquiera existe o no se ha dado a conocer.
¿Y la ruta? En efecto, tras la derrota del plan A, ni contenido ni ruta se han explicitado sobre el plan B. Y ya se llevó varios titulares. Pero a juzgar por el historial del régimen, hasta el nombramiento del titular de la Auditoria Superior, se propondrá avanzar en la construcción de una dictadura sin contrapesos ni rendición de cuentas.
