A los veinte uno no iba al médico. El cuerpo era una cosa que simplemente funcionaba, como el WiFi cuando no te importa. Te dolía algo, esperabas. Desaparecía. No desaparecía, también esperabas. La estrategia médica de la juventud es básicamente la misma que la del gobierno: ignorar hasta que ya no se pueda ignorar.
A los cuarenta uno tiene citas. Eso es lo primero que cambia. Ya no vas al doctor cuando algo falla; vas para que te confirmen que todavía no falla. Es otro tipo de medicina. Preventiva la llaman, como si el objetivo fuera prevenir algo concreto y no solo aplazar el momento en que te dicen algo que no quieres escuchar.
El ritual empieza semanas antes, con los análisis. Te piden que vayas en ayunas, que no tomes alcohol los días previos, que no hagas ejercicio intenso la víspera. Básicamente te piden que seas otra persona durante 72 horas para que los números reflejen a alguien más sano que tú. Uno obedece. Uno va. Uno entrega sangre con la misma resignación con que paga impuestos.
Luego viene la sala de espera. Que es, en realidad, una antesala filosófica. Ahí estás tú, con tu celular, fingiendo que revisas el correo, cuando en realidad estás repasando mentalmente todo lo que comiste el mes pasado. La noche de carnitas. Los tres mezcales de jueves. La semana en que el ejercicio "no se dio." La sala de espera te hace culpable de todo, incluso de cosas que todavía no han pasado.
Entra el médico. Revisa los resultados. Hace esa pausa que no existía cuando eras joven porque antes no había nada que pausar. Y entonces dice la frase. La frase que uno aprende a temer no por lo que dice sino por lo que implica:
Todo bien. Por ahora.
Por ahora. Dos palabras. Un abismo. Porque "por ahora" no es un diagnóstico: es un plazo. Es el médico diciéndote, con toda la amabilidad posible, que el contador ya está corriendo. Que estás bien de momento, como un edificio que todavía no ha temblado lo suficiente.
Uno sale al sol con sus papeles en la mano y una lista de cosas que "habría que vigilar." El colesterol, que "no está mal pero tampoco está perfecto." La presión, que "tiende a subir un poco." El peso, sobre el que nadie dice nada directamente pero todos miran. Uno sale sintiéndose más informado y más frágil al mismo tiempo, que es exactamente lo contrario de lo que esperaba.
A los cuarenta la salud ya no es un estado: es un proyecto de gestión de riesgos. Con indicadores, seguimiento y reuniones trimestrales. Lo único que falta es la presentación en PowerPoint.
Todo bien. Por ahora.
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