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Opacidad, autocracia y (pese a todo) felicidad

Norberto Bobbio escribió que “la opacidad del poder es la negación de la democracia”. Asumida esta verdad incontrovertible, entendemos perfectamente por qué la clase gobernante en México ha odiado históricamente los contrapesos, las auditorías, la fiscalización y, por supuesto, a todas las ONG que procuran la transparencia que demanda la sociedad acerca de cómo se gasta el presupuesto público y cómo se decide sobre un sinfín de asuntos.

Si ya ocupábamos un vergonzoso lugar en el ranking mundial de la opacidad, en el curso de los últimos 7 años López Obrador y Claudia Sheinbaum se han encargado de degradar aún más la imagen de México en esta materia. Así, de acuerdo al Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) de Transparencia Internacional, México ocupaba en 2018 el lugar 138 entre 180 países evaluados; hoy estamos en el lugar 141, que viene a ser el nivel de percepción de transparencia más bajo en nuestra historia contemporánea.

Ahora bien –cumpliéndose exponencialmente la idea de Bobbio– toda esta opacidad ha tenido un efecto multiplicador en el deterioro de nuestra vida democrática. Entre 2018 y 2026, México ha experimentado en este rubro un retroceso en todos los principales estudios internacionales.

En 2018, para el Democracy Index, preparado por The Economist, México ocupaba el lugar 71 de 167 países, y era clasificado como una “democracia deficiente”. Hoy México ha caído al lugar 84 de 167 países y es clasificado como un “régimen híbrido” (uno donde existen irregularidades electorales importantes, presión sobre la oposición y claros rasgos autoritarios).

Para el V-Dem Institute (Varieties of Democracy) en 2018 México era considerado una democracia electoral, aunque ya mostraba señales de estancamiento. Sin embargo, en su reporte más reciente (2026) México es clasificado como una “autocracia electoral”, considerándolo como uno de los países donde la democracia se ha “diluido más rápido” en los últimos años, debido sobre todo a la reforma judicial de 2025 y al debilitamiento de organismos autónomos (como el INE) o la desaparición de otros.

Esto es lo que dicen los principales expertos sobre opacidad y democracia en México. Sus mediciones y apreciaciones tienen, para cualquier estudioso de estos temas o incluso para un ciudadano medianamente informado, una innegable objetividad.

Sin embargo, nada de esto hace que el mexicano se sienta infeliz. Todo lo contrario: es uno de los pueblos más felices de la tierra, según el Ranking Mundial de Felicidad 2026, donde ocupa el lugar 12 entre 143 países analizados.

Da mucho qué pensar que la gente se sienta feliz en un país con 150 mil desaparecidos, con la violencia y la extorsión a la vuelta de la esquina y con casi dos mujeres asesinadas y otras 60 violadas diariamente, aunque supongo que por eso se dice que la felicidad es subjetiva.

En El crepúsculo de los ídolos Nietzsche dijo que “el ser humano no aspira a la felicidad; sólo el inglés hace eso”. Hoy, el filósofo se habría sorprendido al ver cómo los mexicanos no sólo aspiran a ella, sino que la obtienen fácilmente, quizás porque, como dice Fernando Savater, “la felicidad es un ideal de la imaginación, no de la razón…”

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