Hay un restaurante en la colonia que lleva tres años a punto de cerrar. Todo el mundo lo sabe. Los meseros lo saben. El dueño lo sabe. Y sin embargo, ahí siguen: abriendo a las dos, cerrando tarde, poniendo la misma música como si el local fuera una persona que todavía no ha aceptado su diagnóstico.
Fui hace poco. Pedí lo mismo de siempre. Salí sin despedirme.
A los cuarenta y tantos uno empieza a acumular despedidas sin nombre. No las del velorio ni las del aeropuerto. Las otras. Las que pasan sin que nadie diga nada: el programa que dejaste de ver, el amigo con quien ya no hay pretexto para verse, la versión de ti mismo que era más fácil de querer.
Nadie organiza un evento para eso.
El problema no es que las cosas terminen. Es que ya no terminan bien. Terminan como las series que cancelan sin avisar: en medio de una escena, con personajes que nunca resuelven nada y un corte a negro que nadie pidió.
Antes me molestaba. Ahora simplemente lo registro.
El restaurante va a cerrar. Probablemente en noviembre, cuando bajen las ventas y el dueño haga las cuentas del año. Lo van a anunciar con una foto en Instagram que va a tener muchos "qué tristeza" y "tantos recuerdos" de gente que no fue en los últimos dieciocho meses.
Yo voy a darle like sin comentar nada.
Porque ya aprendí que las despedidas públicas son para los que no estuvieron. Los que sí estuvieron, generalmente, ya se fueron antes. Sin post, sin story, sin nada. Solo dejaron de aparecer un día y el silencio hizo el resto.
Eso es lo que nadie te dice de hacerse grande: que gran parte de la vida adulta consiste en enterarte, tarde, de que algo ya terminó hace mucho.
Y seguir pidiendo lo mismo de siempre.
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