“Este film podría llamarse los hijos de Marx y de la Coca-Cola”. Así aparece el célebre intertítulo en Masculin féminin, de Jean-Luc Godard, estrenada en 1966. No era un adorno ni una ocurrencia ingeniosa, sino una forma bastante precisa de describir a una generación entera. Jóvenes que hablaban de revolución, leían teoría política y cuestionaban el orden establecido, pero que al mismo tiempo vivían dentro de una cultura de consumo cada vez más presente. Ese retrato anticipaba el clima que estallaría poco después en mayo del 68, donde la protesta convivía con una vida cotidiana atravesada por las mismas lógicas que se querían transformar.
Esa contradicción no desapareció, simplemente cambió de forma. Hoy ya no se trata de Marx en su sentido clásico ni de la Coca-Cola como símbolo único del consumo, sino de un entorno digital que mezcla todo. Información, entretenimiento y opinión circulan en los mismos espacios, y en ese flujo constante no solo consumimos contenidos, también vamos construyendo nuestras posiciones políticas.
Esa mezcla se nota con claridad en el comportamiento electoral. Hay ciudadanos que apoyan opciones de extrema derecha desde un discurso de ruptura con el sistema, con las élites y con las instituciones, pero lo hacen desde dentro de ese mismo mundo. Usan redes globales, consumen productos internacionales y se benefician de las libertades que ofrece la democracia liberal, de modo que el sistema se cuestiona con las herramientas del propio sistema.
Del otro lado ocurre algo parecido. Ciertos sectores de izquierda, sobre todo en contextos urbanos y con mayor nivel económico, defienden la igualdad, la justicia social o el medio ambiente, mientras su vida cotidiana depende también de ese mismo modelo que critican. La distancia entre lo que se dice y lo que se vive no siempre es evidente, pero forma parte de la misma tensión que Godard retrató hace décadas.
Lo que sí ha cambiado es la forma en que se vive la política. Hoy se parece más a una extensión del estilo de vida que a una convicción profunda. Se adopta una postura por identidad, afinidad o pertenencia, y esa elección se refuerza en redes que premian lo inmediato y lo emocional. Los partidos lo han entendido bien y han dejado de comportarse solo como proyectos políticos para actuar también como marcas que buscan atención y lealtad.
En ese contexto, el votante actúa cada vez más como usuario que como ciudadano. La discusión pierde terreno frente al impacto y la complejidad se reduce a consignas. Godard intuía que la cultura de consumo podía absorber incluso la crítica al sistema, y hoy esa intuición resulta difícil de discutir. La disidencia también circula como contenido y se integra sin problema en el mismo circuito que pretende cuestionar.
Hoy ya no somos hijos de Marx y de la Coca-Cola. Somos hijos del algoritmo y el desencanto.
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