Recientemente se documentó la muerte de ocho personas en el estado de Sonora por la administración de sueros contaminados. Esta tragedia pone en perspectiva las diferentes aristas de un problema que va más allá de un evento aislado y habrá que realizar esfuerzos para que no vuelva a suceder.
Los tres protagonistas de este suceso deben analizar su responsabilidad y modificar una “moda” que ha tomado fuerza en los últimos años.
El primer protagonista es el médico, si se le puede llamar así a una persona que utiliza la bata blanca para publicitar una práctica sin ética, con un fin monetario, sin el mayor cuidado de las personas que confían en su estatus. El cada vez mayor número de “médicos” que a través de las redes sociales se promocionan para aplicar tratamientos milagro, sin ninguna evidencia científica que soporte su utilidad y que se aprovechan de una sociedad mal informada para aplicar sustancias que, como en este desafortunado caso, pueden llegar a costar la vida de personas sanas.
El segundo protagonista es la sociedad. En esta época, donde el tiempo parece vivirse en segundos. Donde las soluciones a los problemas quieren resolverse de la manera mas rápida posible, se ha dejado llevar por propaganda anticientífica que parece cumplir con el mayor deseo de la generación actual. Respuestas rápidas y sin esfuerzo. Como se ha documentado en este caso, varios de los que recibieron los sueros contaminados acudían a un sitio donde les aplicarían esa solución que resolvería una resaca. Sabemos que el alcohol provoca una deshidratación en la persona que lo consume en exceso, que la forma de revertir los efectos tardíos de su consumo es rehidratándose. Lo cual puede llevar varias horas, donde la ingesta de líquido por vía oral acabará logrando eliminar los síntomas desagradables de la comúnmente conocida como cruda.
La aplicación de una solución intravenosa, que implica el suministrar altas cantidades de líquido directamente al torrente circulatorio, parecería agilizar el tiempo de recuperación de la resaca. Si a este líquido agregan vitaminas y minerales, considerados milagrosos para enmendar los síntomas de la intoxicación alcohólica parecería ser la medida ideal para esta generación. Algo rápido y eficaz. Se olvidan de los riesgos. No existe evidencia científica que haya demostrado que estos “sueros” sean superiores a la simple rehidratación oral que puede llevar a cabo el paciente, con la diferencia de que este proceso le llevará más tiempo.
En medicina conocemos del llamado efecto placebo, que es tan importante que se sabe que el solo hecho de recetar una sustancia puede tener un 30% de éxito para mejorar los síntomas que requieren corregirse. Este porcentaje seguramente aumenta cuando la mente del paciente recibe la información por el paciente y por los “influencers” de las redes sociales.
Este caso es un llamado a la sociedad para que no se deje de engañar por personas ignorantes que solo buscan publicidad, dinero o simplemente la satisfacción de sentirse “líderes” en sus plataformas virtuales.
El tercer implicado es el gobierno, que debería poner un mayor énfasis en la regulación de consultorios clandestinos, clínicas sin las regulaciones sanitarias adecuadas y pseudomédicos que carecen de la preparación y la ética para realizar estos tratamientos. No recuerdo haber escuchado que la agencia Cofepris haya clausurado alguno de estos centros de mala práctica. Y si lo ha hecho no se ha informado de los peligros que estos lugares pueden provocar en la sociedad, que es cuidada por un sistema de salud cada vez más inoperante.
Detrás de cada suero contaminado hay una persona que confió, una familia que hoy vive un luto evitable y un sistema que falló en protegerlos. No podemos permitir que la vanidad de las redes sociales y la ambición económica despojen a la medicina de su esencia: el cuidado del prójimo. Recuperar el sentido común y la ética es una tarea colectiva; de nada sirve una sociedad conectada digitalmente si permanece desconectada de la realidad del riesgo y del valor fundamental de la vida. Que estas ocho ausencias en Sonora no sean solo una estadística, sino el punto de partida para una sociedad más crítica y autoridades más presentes.
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