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Toma de postura: ser liberal en el México de hoy

Dicen que Dios vomita a los tibios y, peor aún, Dante ni un lugar en el infierno les dio. La tibieza, en efecto, es nefasta en todos los ámbitos de la vida, pero más en la esfera pública. Cuando uno participa de una u otra manera en este espacio debe tomar postura, so pena de no sólo ser irrelevante, sino de caer en el franco ridículo. Por eso celebro mi incorporación a La Aurora. Un espacio que toma postura frente a la realidad que vivimos en México y el mundo. En estas páginas se defiende, sobre todo, la libertad y el liberalismo.

En los últimos años se han escrito toneladas de libros, ensayos y columnas sobre la crisis del liberalismo, y algunos de sus defensores de antaño, se han convertido en los nuevos apologistas de posiciones “posliberales” —lo que sea que eso signifique— y han sucumbido a la tentación de no solo matizar sus argumentos originales, sino de modificarlos completamente, negando incluso la valía de lo que defendían, a efecto de sintonizar con la moda de la época. Esto no es evolución intelectual —como algunos pretender argumentar— sino que es oportunismo disfrazado de lucidez, una forma de camaleonismo que confunde sintonía con el tiempo con sumisión a la moda.

Por eso conviene empezar con una toma de postura. Soy un liberal igualitario, es decir, creo que la libertad es condición de posibilidad de los demás derechos por lo que su defensa a ultranza debe privilegiarse. Ahora bien, para mí la libertad sólo adquiere vida si se puede ejercer plenamente: en la vida real, no en el papel. Por eso también abogo por las condiciones materiales que permitan no sólo el ejercicio de la libertad y de la autonomía personal (tal y como decía Carlos Santiago Nino), sino de su formación. Por eso soy también igualitario. La libertad debe alimentarse de la igualdad, la primera no es posible sin la segunda. Debe estar igualmente distribuida, por supuesto, esto implica que todos deberíamos estar en las mismas posibilidades de ejercerla, y ahí es donde entra el Estado. Éste debe activamente corregir las desigualdades arbitrarias y emparejar el piso para que cada uno pueda ser realmente libre. No sirve de nada tener el derecho a votar o la libertad de asociarse políticamente, sino se puede llegar a la urna por falta de salud, de educación, de un techo, o del alimento necesario.

En el México de hoy esa urgencia es concreta y apremiante. La destrucción institucional no tiene precedentes: la política educativa, de salud, energética y de seguridad están en crisis. La pobreza persiste en cifras inaceptables y millones viven en total desamparo. El derecho y los tribunales han dejado de estructurar la vida social y política para convertirse en instrumentos del poder. Y sobre todo eso se tiende un manto de eufemismos y engaños que pretende ocultar lo evidente. Aquí, la crítica desde la libertad y para la libertad no es una opción intelectual: es una obligación.

También adopto al liberalismo no sólo como sustantivo, sino como decía Walzer, como adjetivo. Es decir, me considero parte de aquellos liberales “capaces de vivir en la ambigüedad”.[1] Porque los liberales, dice el filósofo, cualquiera que sea nuestra “ideología, nuestra religión, no somos dogmáticos, no somos fanáticos”. Que aboguemos por la libertad y la tolerancia, no significa que seamos relativistas, es decir, que pensemos que todo vale siempre y cuando no afecte a los demás. Para nosotros sí existen lo correcto e incorrecto, lo malo y lo bueno, lo justo y lo injusto. Creemos que hay límites morales claros, nos oponemos férreamente a cualquier clase de “fanatismo y crueldad”.

Desde esta atalaya ideológica escribiré en estas páginas. Espero contribuir a desbrozar las complejidades de lo que se vive diariamente en este país, para que, con un poco de suerte, podamos navegar mejor estos tiempos.


[1] Walzer, Michael, The Struggle for a Decent Politics: On “Liberal” As an Adjective, Yale University Press, 2023, p. 4.

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