La semana pasada cerramos la fase de diagnóstico, una etapa crucial del ejercicio que venimos desarrollando. Antes de dar el siguiente paso, apelo a la paciencia de quienes me leen cada semana para hacer una breve recapitulación que permita también explicar, a quienes se incorporan por primera vez, de qué trata todo esto.
El proceso comenzó hace poco más de tres meses, cuando compartí mi impresión de que existe una diferencia entre aquello que genera orgullo en países como Chile, Singapur o Corea del Sur, donde predomina un orgullo de logro —por lo que se hace bien en el presente—, y lo que suele ocurrir en México, donde tendemos a vivir del orgullo de herencia: nos enorgullecen cosas que recibimos de la naturaleza o que hicieron generaciones pasadas.
Más adelante, te pregunté si crees que nuestra generación es capaz de construir algo que nos haga sentir orgullo y coloque a México como un ejemplo internacional. Yo estoy convencido de que sí, pero para lograrlo necesitamos una causa que nos una y a la que estemos dispuestos a colaborar.
Con ese propósito propuse que nuestra causa sea la solución de un problema público relevante y que trabajemos colectivamente para resolverlo. Para mostrar que esto es posible, compartí los casos de Curitiba, que enfrentó su colapso vial con el Metrobús, y Medellín, que pasó de ser la ciudad más violenta del mundo a una metrópoli innovadora y vibrante.
También señalé una realidad incómoda: en el México actual no es razonable esperar que esa convocatoria provenga de un gobierno que, además de incompetente, ha demostrado ser sectario. Por ello planteé que la iniciativa debe surgir desde la sociedad civil, bajo una hipótesis simple: los problemas públicos los podemos resolver las personas porque, al menos en parte, somos nosotros quienes los creamos, tal como sucede con el tráfico.
Si nuestros comportamientos alimentan el problema, entonces un cambio colectivo de conducta —articulado mediante un esfuerzo coordinado de acción colaborativa— puede ser parte central de la solución.
A partir de esta idea propuse diseccionar problemáticas complejas, que parecen irresolubles, en problemas específicos que sí se pueden resolver a partir de la determinación de sus causas (individuales, grupales, institucionales y estructurales) y de la identificación de los responsables del problema y de su solución.
Más recientemente, presenté una herramienta para ordenar esta información y hacer posible la coordinación de esfuerzos, asegurando que estos se realizan debidamente: una matriz de responsabilidades para identificar quiénes contribuyen a la solución de un problema, mediante qué acciones y cuál es su compromiso específico.
¿En qué punto estamos hoy?
Hemos concluido la fase de diagnóstico y corresponde entrar a la etapa de Organización. En las próximas colaboraciones intentaré responder a una pregunta clave: ¿cómo lograr que cada actor cumpla la parte que le corresponde? En particular, cuando una parte sustantiva de la solución depende de la ciudadanía, ¿cómo conseguir que todos nos involucremos y hagamos los cambios de comportamiento necesarios para resolver el problema?
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