A pocos días de la asistencia de la presidenta Claudia Sheinbaum a la Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona, en México los diputados oficialistas eligieron a tres nuevos integrantes del Consejo General del Instituto Nacional Electoral (INE) notoriamente afines al partido en el poder. No se les eligió por sus méritos, sino precisamente por esa afinidad. Uno de ellos, Arturo Chávez, incluso pidió al instituto, sin pudor alguno, “cambiar las narrativas y caminar al lado de las transformaciones”. La doctora Sheinbaum celebró las designaciones.
Los presidentes izquierdistas que asistieron a esa reunión no pueden ostentarse como defensores de la democracia. Tienen en común, entre otras cosas: a) que defienden a la dictadura cubana que lleva 67 años en el poder y ha arruinado la vida de los habitantes de la isla –durante décadas ha destruido al país que parasita, dice Fernando Savater–; b) que no tuvieron la elemental decencia de desconocer la victoria electoral que se atribuyó grotescamente Nicolás Maduro en la elección de 2024, y c) que no condenaron la brutal represión contra quienes protestaron contra el burdo fraude. No olvidemos que el único presidente latinoamericano de izquierda que desconoció el triunfo del tirano fue el chileno Gabriel Boric.
La complicidad de la doctora Claudia Sheinbaum con el sátrapa venezolano –perpetrador de torturas, asesinatos y encarcelamientos arbitrarios de opositores y participantes en manifestaciones de protesta– llegó al extremo de que, para no incomodarlo, optó por no felicitar a María Corina Machado por el Premio Nobel de la Paz obtenido precisamente por luchar contra la tiranía de su país. Ningún demócrata podría ser simpatizante ni de Maduro ni de Delcy Rodríguez.
En nuestro país, la presidenta, lejos de defender la democracia, ha convalidado y continuado la destrucción de las instituciones democráticas que emprendió su antecesor. Hoy el régimen de la 4T ha capturado al Poder Judicial, al Poder Legislativo, a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, al INE y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF).
La presidenta Claudia Sheinbaum –ella lo sabe– no sólo ha apoyado abyectas tiranías, sino además encabeza un régimen que, prosiguiendo la deriva dictatorial de López Obrador, ha deshecho los avances democráticos que nuestro país había logrado en los últimos lustros. No es, no ha sido, una defensora de la democracia; no es una demócrata.
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