Por enésima vez, el desempeño de la economía mexicana decepciona. La estimación oportuna del PIB al primer trimestre de 2026 no deja lugar a dudas: la actividad económica vuelve a estancarse, con una caída de -0.8% trimestral y un avance de apenas 0.2% en los últimos 12 meses. En los últimos ocho años (del primer trimestre de 2018 al primero de 2026), la economía acumula un crecimiento de apenas 5.5%, equivalente a un magro 0.7% promedio anual. Todo apunta a que México se encamina a su peor década en materia de crecimiento desde la “década perdida” de los 80 y 2026 amenaza con ser otro mal año para la economía.
Si se le mira en el contexto global, el desempeño es particularmente desfavorable. De los 190 países que evalúa el FMI, México ocupa el lugar 159 en materia de crecimiento económico durante el periodo 2018-2026. De las siete economías más grandes de América Latina, México ha sido la de menor crecimiento en este periodo. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué está fallando?
El entorno internacional “adverso” ha sido la explicación recurrente de los gobiernos reciente y anterior. La pandemia, el regreso de Donald Trump, las tensiones comerciales, la revisión del T-MEC o los conflictos geopolíticos recientes son, sin duda, factores relevantes. Pero ninguno es exclusivo de México. Más aún, la economía estadounidense —con la que históricamente México ha estado altamente sincronizado— ha crecido a un ritmo que triplica al mexicano en el mismo periodo.
Todo apunta, entonces, a factores domésticos. El deterioro en la confianza para invertir destaca como uno de los más visibles. Los constantes cambios al marco institucional —en sectores clave como energía y telecomunicaciones, así como en regulación, competencia y el Poder Judicial— han erosionado la certidumbre para inversionistas nacionales y extranjeros. La inversión privada, motor fundamental del crecimiento, ha mostrado un desempeño débil, reflejo de un entorno percibido como menos predecible.
A ello se suman factores estructurales que suelen pasar desapercibidos. Uno de los más relevantes es el impacto de las reformas laborales recientes. Si bien han buscado mejorar las condiciones de los trabajadores del país, las medidas no han estado exentas de costos. Por ejemplo, el costo laboral unitario ha aumentado cerca de 35% en los últimos años, mientras que la productividad ha caído alrededor de 5%. El resultado es un mercado laboral más rígido y una economía menos competitiva. Para muchas empresas, operar en la formalidad —o simplemente sobrevivir— es hoy más costoso.
¿Es posible revertir esta situación? Una señal positiva es que el gobierno de la presidenta Sheinbaum parece consciente de que sin medidas adicionales la economía seguirá atrapada en una trampa de bajo crecimiento. El problema, sin embargo, es que la ausencia de reformas estructurales y señales ambivalentes para la inversión configuran un escenario de bajo crecimiento que todo apunta se extenderá por un año más.
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