Alice Weidel, líder de AfD, se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la ultraderecha alemana
Alice Weidel, líder de AfD, se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la ultraderecha alemana

Lesbiana que lidera un partido que se ha opuesto a los derechos de la comunidad LGBT. Alemana con una pareja que nació en Sri Lank, pero encabeza una organización que odia la migración. Su carrera antes de involucrarse en política la hizo por completo en empresas transnacionales, pero se opone a la cooperación internacional. Tiene un fuerte discurso nacionalista, aunque vive fuera de su país. Alice Weidel va más allá de la contradicción.
En apariencia, la ambivalencia de Weidel se podría justificar con el conocido pragmatismo político que les permite navegar con diferentes banderas con tal de llegar al poder. Lo que destaca en la alemana es que, a diferencia de tantos otros políticos, ella no sólo forma parte de de Alternativa para Alemania (AfD), partido que ha hecho de la cerrazón su esencia, sino que desde 2022 colidera al partido que, en otras condiciones, fácilmente podría buscar acabar con ella.
Weidel nació el seis de febrero de 1979 en Gütersloh, en el estado de Renania del Norte-Westfalia. Estudió Economía y Administración de Empresas en la Universidad de Bayreuth y obtuvo un doctorado en economía. Antes de entrar en política, trabajó en el sector financiero internacional, en donde fue analista y vicepresidenta en empresas de asesoría de inversiones y trabajó durante varios años en China, Europa y Estados Unidos, lo que ahora no le impide ser una fiel creyente del nacionalismo puro y duro.
La política alemana ingresó al AfD en 2013, mismo año en que se fundó el partido. En ese momento, el movimiento era principalmente una agrupación euroescéptica,que rechazaba los rescates financieros de la zona euro y criticaba la moneda común europea, por lo que es fácil entender cómo atrajo a un perfil técnico como el de ella, que empezó a crecer rápidamente dentro del organismo hasta que dos años después, en 2015, ya formaba parte del comité ejecutivo nacional del partido y encabezó el grupo especializado en euro y política monetaria.
Al poco tiempo, en 2017, Weidel dio el salto a ser reconocida a nivel nacional cuando fue designada, junto con Alexander Gauland, candidata principal del movimiento para las elecciones federales. Ese año el AfD, que ya dejaba ver su fuerte carga ideológica extremista, ingresó por primera vez al Bundestag con 12.6 por ciento de los votos, convirtiéndose en la tercera fuerza política del país.
Tras la victoria para el grupo, la alemana asumió la presidencia de su grupo parlamentario, y posteriormente, en 2022, fue electa copresidenta nacional del partido junto con Tino Chrupalla, quien completa la pinza del poder en el partido, y se muestra como la parte complementaria de la lideresa. Para reforzar el perfil tecnócrata de Weidel se tiene a Chupalla, un político de origen obrero, nacionalista y cercano a las bases militantes. En lo que no hay duda es que en la cúpula se mantiene la misma opinión especialmente dura en temas como migración y política exterior.
En cuanto a la copresidenta, y como ya se ha dicho, las contradicciones la impregnan. Si bien se dice una fiel creyente del nacionalismo, con el que defiende de forma férrea la esencia alemana, y que incluso a llegado a criticar fuertemente a quienes “no están comprometidos con Alemania” y su soberanía de su país, al mismo tiempo vive la mayor parte del tiempo lejos de su país, en Suiza, junto a su familia. Como es de esperarse de cualquier político medianamente decente, la lideresa del AfD tiene una explicación que le permite justificar su decisión. “Pago aquí mis impuestos”. Cuatro palabras que no parecen dejar a todos contentos, aunque ella no parece querer ahondar mucho más.
En 2025, en un documental realizado por la ZDF, la televisión pública alemana, un reportero le planteó una pregunta sencilla en apariencia, pero cargada de simbolismo. ¿Cuántas noches pasó en Überlingen (cerca de la frontera con Suiza y en donde Weidel dice tener su residencia oficial) durante el año anterior? Claramente desencajada por lo que le planteaba el periodista, la derechista intentó escabullirse hacia adelante. “Esa es una pregunta sugestiva la que planteas. No la voy a contestar si la formulas así. ¿Podemos seguir adelante?”. Al ser presionada, prefirió dar por terminado el encuentro y se fue, con lo que dejó la duda en el aire.
En otros temas en los que en apariencia choca con su partido, pero que al mismo tiempo demuestra su apoyo, está el de la clara postura inamovible del AfD que dice de forma explicita en su programa “la familia, compuesta por padre, madre e hijos, es la célula básica de la sociedad”. Ella es lesbiana, vive con su pareja con quien tiene dos hijos adoptivos, y al ser cuestionada al respecto, la respuesta deja mucho que desear cuando afirma que la “familia tradicional” que promueve el partido es un modelo rector o ideal social, no una exclusión absoluta de otros tipos de familia.
Las declaraciones de algunos de sus miembros que son abiertamente anti-LGBT son claras, pero su líder les resta importancia y las minimiza, algo que se esperaría de cualquier persona menos de una que es parte de esa misma minoría a la que se ataca de forma constante. La sorpresa aumenta al ver que hay una comunidad gay dentro del partido que dice no buscar la equidad y que no tienen por qué ser tratados iguales a las parejas heterosexuales. Lo que hay que ver.
De regreso con Weidel, ella también ha sido una fuerte defensora de la política de fronteras cerradas y apoya activamente el concepto de remigración, que involucra deportaciones masivas y que es un término común entre los partidos de extrema derecha en Europa. Habría que preguntarle qué pasaría con su pareja, nacida en Sri Lanka y nacionalizada suiza en caso de que se aprobaran este tipo de medidas. Después de todo, hay quien cree que incluso se debería expulsar a ciudadanos naturalizados, como si eso los hiciera menos orgullosos del país que los haya adoptado, sea cual fuere.
En su lado todavía más polémico, la copresidenta del AfD ha dado mucho de qué hablar al intentar suavizar la perspectiva histórica de Alemania, e incluso ha declarado que Adolf Hitler no era de derecha sino comunista. La ruptura del pacto Molotov-Ribbentrop y los miles de izquierdistas que murieron durante el régimen nazi no parece suficiente para ella.
Su declaración ha sido interpretada como un intento desligar a AfD de la herencia nazi, al mismo tiempo que traslada simbólicamente el nazismo hacia la izquierda y le permite presentarse como una derecha “libertaria” y no autoritaria, como en aparentemente se muestra el partido en la realidad. La explicación es clara y nos la recuerda el filósofo y periodista Jean-François Revel, que escribió a finales del siglo pasado que no había ningún gobierno que se asumiera abiertamente fasista después del fin de la segunda guerra mundial, (algo que sigue sin ocurrir a pesar de los claros destellos de ese sistema que vemos en otros líderes) mientras los países que se ven obligados a definirse como socialistas o comunistas abundaban (y abundan).
Claro que las propias declaraciones de Weidel no le ayudan a construir su caso ni para separarse del régimen nazi, sobre todo después de defender posturas controvertidas que buscan romper el consenso político tradicional sobre el Holocausto como argumentar que la memoria histórica oficial se ha desvirtuado, por lo que exige un cambio radical para ponerle fin a lo que denomina "cultura de la vergüenza". Al respecto, la alemana ha dicho que el Holocausto se ha"instrumentalizado políticamente" por los partidos tradicionales para atacar, debilitar y marginar a la AfD, con lo que parece, de forma involuntaria, asumir esa pesada herencia.
Este mismo choque entre su intención de mostrarse como moderada mientras apoya a radicales es todavía más explícito (si es que no ha quedado claro) en su respaldo a Björn Höcke, quien es ampliamente conocido por exigir un "giro de 180 grados en la política de memoria" que le ha achacado, según él, la responsabilidad alemana en el Holocausto como una "cultura de la culpa".
Höcke ha sido identificado como el líder del ala más radical y nacionalista del partido, lo que ha permitido que incluso tribunales han considerado legal que se le describa como “fascista”, debido a sus discursos y posiciones extremistas, algo que tampoco le ha impedido mantener su popularidad entre las bases del partido. En cuanto a su relación con la copresidenta, esta ha dado los cambios que son típicos cuando el pragmatismo es el guía de una relación, lo que los ha llevado a pasar de la confrontación abierta a una alianza hasta llegar, con el tiempo, a una cercanía política mucho más evidente.
Tan sólo hay que revisar las hemerotecas para encontrar que en 2017, Weidel apoyó el procedimiento interno para expulsar a Höcke del partido después de que él pronunció un discurso en Dresde, capital de la región de Sajonia, en donde calificó el memorial del Holocausto en Berlín como un “monumento de la vergüenza”. Esas palabras provocaron, de forma justificada, indignación nacional y desnudan las verdaderas intenciones de sectores del AfD.
En aquel momento, Weidel estaba alineada con sectores del partido que temían que Höcke radicalizara demasiado al movimiento y lo volviera políticamente tóxico. Pero si algunos esperaron que se diera una ruptura con el ala radical, esta nunca llegó. Una vez que el intento de expulsión fracasó, Höcke consolidó su poder interno, lo que obligó a quién se convertiría cinco años después en copresidenta del partido a acercarse al radical.
La relación empezó a estrecharse a partir de 2018 y 2019. Medios alemanes como Der Spiegel, FAZ y Die Zeit reportaron en su momento que Weidel y Höcke sostuvieron varias reuniones privadas para reducir tensiones dentro del partido, lo que desembocó en febrero de 2025 en una declaración pública por parte de Weidel en la que dijo que apoyar la expulsión de Höcke había sido “un error”. Si eso no fue suficiente, la alemana fue todavía más lejos al afirmar que “Björn Höcke y yo nos entendemos muy bien”, y hasta lo describió como “un muy buen político” y “una persona que piensa en libertad”.
Si bien ahora se le pone la etiqueta de extrema derecha y de extrema izquierda a prácticamente cualquier persona que piensa diferente, el caso del AfD es diferente toda vez que en mayo de 2025, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución de Alemania clasificó al partido a nivel federal como “extremista de derecha confirmado”, al considerar que promueve una visión étnica del pueblo alemán incompatible con principios democráticos y de igualdad. Sin embargo, tras una demanda del partido, los tribunales suspendieron temporalmente esta etiqueta mientras se resuelve el proceso legal, por lo que actualmente sigue siendo investigado bajo la categoría de sospecha de extremismo.
En caso de que se haga oficial la decisión, esto permitiría a los servicios de inteligencia aumentar sus facultades de vigilancia, lo que incluye la intervención de comunicaciones y el uso de informantes, además de que se podría decir de forma clara lo que ya para muchos es evidente, el AfD es un peligro al que no se le puede permitir crecer si es que no queremos escuchar las rimas del pasado.
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