...

Información para decidir con libertad

Xi, Putin y la Trampa de Tucídides

La visita de Donald Trump a Pekín acaparó los titulares la semana pasada. Sin embargo, el posterior encuentro entre Xi Jinping y Vladimir Putin —cuya sincronía no fue casual— aclaró el doble juego estratégico de China: mantener el diálogo con Estados Unidos, mientras afianza un bloque con Rusia y otros países para desafiar la hegemonía de Washington y promover un nuevo orden multipolar.

Durante la visita de Trump, Xi recurrió a una referencia histórica que pasó desapercibida. Mencionó la llamada “Trampa de Tucídides”, concepto acuñado por Graham Allison, derivado de la rivalidad entre Atenas y Esparta, que advierte del aumento del riesgo de confrontación cuando una potencia en ascenso amenaza con desplazar a la hegemónica. Para muchos estrategas, esa dinámica explica el punto en el que se encuentra la relación entre China y Estados Unidos.

La reunión entre Xi y Putin se entiende dentro de ese contexto. Más allá de los gestos simbólicos, ambos mandatarios volvieron a ratificar el Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación firmado en 2001, instrumento que durante 25 años ha servido de marco para la expansión de los vínculos políticos, comerciales, energéticos, tecnológicos y de seguridad entre ambas potencias. A ello se sumó la firma de decenas de acuerdos en sectores estratégicos, así como una declaración conjunta en favor de un orden internacional más multipolar. En un momento en que varios socios cercanos a Pekín, como Irán, Venezuela y Cuba, enfrentan presiones económicas y geopolíticas, China y Rusia parecen decididos a profundizar una relación simbiótica que se ha convertido en el principal eje de coordinación geopolítica capaz de contrapesar la influencia de Estados Unidos.

La lógica de esta convergencia es evidente. Rusia aporta recursos energéticos, capacidades militares y presencia estratégica en regiones clave de Eurasia y Medio Oriente. China aporta escala económica, influencia comercial, tecnología e insumos –cruciales para Rusia en su guerra con Ucrania. La relación es asimétrica, pero cada parte compensa las limitaciones de la otra.

El factor más relevante de esta competencia contra la hegemonía de Washington ya no se mide únicamente en el terreno militar. Se libra en las cadenas de suministro, la infraestructura, la inteligencia artificial, los semiconductores y los minerales estratégicos. Mientras China ejerce un monopolio práctico sobre el refinamiento de tierras raras e insumos críticos para la tecnología y la defensa, Rusia —dueña de las cuartas reservas globales de estos materiales— aporta los recursos en bruto o semiprocesados que alimentan la maquinaria industrial de Pekín. Este intercambio asegura un flujo terrestre inmune a las rutas marítimas bajo control estadounidense, como el estrecho de Malaca. De este modo, ambos gigantes consolidan su posicionamiento estratégico sobre industrias clave.

En paralelo, Estados Unidos ha intentado preservar su ventaja estratégica buscando asegurar el acceso a minerales críticos y tierras raras, mientras refuerza su presencia en el Indo-Pacífico y reivindica el hemisferio occidental como espacio prioritario de seguridad e influencia.

Sin embargo, el verdadero punto de fricción entre ambas potencias se encuentra en Taiwán. Para Pekín, la isla forma parte de un proceso de reunificación nacional inacabado; para Washington, representa una pieza clave de la arquitectura de seguridad asiática y de la credibilidad de sus alianzas regionales. Allí convergen la competencia tecnológica, la disputa por el equilibrio de poder y la pugna por definir las reglas del orden internacional futuro.

La reunión entre Xi y Putin dejó claro que esta competencia ha entrado en una nueva fase. La incógnita no es si la rivalidad entre China y Estados Unidos continuará intensificándose, sino si ambas potencias serán capaces de gestionarla sin repetir las tensiones que históricamente han acompañado las transiciones de poder.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp