El poder político es una reliquia con un atractivo maldito. Si quiere conocer la verdadera personalidad de alguien, revístalo de algo de poder. Así saldrán todos sus traumas, virtudes, resentimientos y capacidades. Si quiere conocer ambición desmedida, coloque al poder al alcance de alguien. Le aseguro que verá cómo hará hasta lo impensable por obtenerlo. Estoy hablando, claro, de poder político. De ese que se ejerce sobre decenas, cientos, miles o millones de personas. Un verdadero político debería estar dispuesto a hacer todo por conseguir el poder, o casi todo. Por eso no me sorprenden las nuevas iniciativas del oficialismo en materia electoral. Más allá de los tecnicismos, es relativamente sencillo explicar su propósito: controlar quién puede ser candidato y quién puede ganar una elección.
La Comisión de Verificación de Candidaturas será un filtro inquisitivo: candidato que no se someta a su verificación de probidad, será visto con sospecha porque quién “nada debe, nada teme”, ¿cierto? En cambio, los candidatos que se sometan a investigación previa quedarán a merced de todas las instituciones de seguridad e inteligencia del Estado mexicano. Un indicio detectado, una mera sospecha, bastará para cancelarle la candidatura y, más aún, para abrirle una carpeta de investigación penal. Vemos cómo la carga de la prueba se revierte, será el candidato quien tenga ahora que probar la limpieza de su trayectoria, cuando debería ser al revés: si se comete alguna ilegalidad, quien debería probarla es el afectado, ya sea otro particular o el propio Estado.
La posibilidad de anular las elecciones por “injerencia extranjera” va en el mismo sentido, pero al finalizar la campaña. Si al oficialismo no le conviene que tal o cuál ganador alcance tal o cuál puesto de elección popular, anulará la elección, así de simple. Porque, como atinadamente señalaron desde hace tiempo Juan Jesús Garza Onofre y Javier Martín Reyes, el actual Tribunal Electoral no es ni tribunal, ni electoral. Es un órgano político a la orden del poder morenista que reviste sus intereses políticos de una pátina jurídica. Si quiere leer las decisiones más estrambóticas y estrafalarias en materia jurídica, lea una sentencia del tribunal. Como dicen una cosa, dicen otra y justifican lo mismo en un ordenamiento de corte nacional, internacional o intergaláctico, les da lo mismo.
Estas dos iniciativas abrevan de dos problemas coyunturales graves: la crisis de seguridad y la tensión con EU. Pero en vez de resolverlos con propuestas sensatas, de fondo, lo que proponen son dos instrumentos para concentrar más el poder político. Repito: no me sorprende.
Empecé este texto siendo muy cínico respecto de la naturaleza del poder. Quizá debo matizar. Sí, quien quiere poder normalmente hace todo por obtenerlo, pero también usualmente lo hace bajo ciertas reglas. Las reglas no derivan de la virtud sino de la fragilidad y transitoriedad del poder mismo. No hay poder eterno y su conservación precisa de mantener muchos intereses alineados y equilibrados. Y si se trastocan demasiados intereses, al mismo tiempo, de forma burda y despectiva, eventualmente esos intereses cambian de bando y arrebatan el poder. Este tipo de iniciativas hacen precisamente eso: erosionan las bases que sostienen cualquier hegemonía.
En suma, no hay poder absoluto porque todos somos seres finitos y con vulnerabilidades similares. Creo que los que actualmente tienen el poder olvidan que también son humanos y que su posición actual no será eterna. Nada lo es.
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