… soñar con esa Marilyn que se soñaba mariposa
Antonio Tabucchi
El cine ha dado mejores actrices y quizá tan extraordinariamente bellas, pero ninguna tan seductora, tan sensual, tan coqueta y tan cachonda como Marilyn Monroe. Los productores de sus películas la desaprovecharon asignándole casi siempre papeles frívolos, a pesar de lo cual Marilyn es una de las más grandes figuras míticas de la historia del cine.
Su sonrisa, su mirada, su voz y las voluptuosas curvas de su silueta resaltadas por la ropa ceñida que solía usar cautivaron a millones de cinéfilos que, sin importar que los filmes en los que aparecía no fueran de calidad excepcional, acudían a las salas cinematográficas exclusivamente por el placer de contemplarla.
Su manera de andar era hipnótica, magnética. En cada uno de sus pasos parecía flotar sobre el piso y sus caderas se movían rítmicamente. En una entrevista, un reportero le preguntó que si esa forma de caminar era natural. Su respuesta fue fina e ingeniosa: “Camino desde que tenía seis meses”.
En Corea del Sur hizo enloquecer de entusiasmo a 100 mil militares ante los cuales se presentó, a pesar del clima gélido, con sus deslumbrantes vestidos de lentejuelas.
En Tokio, los usualmente tranquilos y sobrios japoneses se arremolinaron en el aeropuerto y en el hotel para admirarla. 200 policías tuvieron que intervenir para restablecer el orden.
La filmación de la célebre escena de la falda alzada por el viento del metro en Manhattan –una de las más famosas de la historia de la cinematografía– fue presenciada pasada la medianoche por miles de fascinados espectadores que durante dos horas suspiraron, fantasearon y aullaron mientras un gigantesco ventilador levantaba el vestido blanco de Marilyn para dejar ver sus artísticamente torneadas piernas y sus elegantes y sensuales bragas blancas.
En la pantalla Marilyn proyectaba alegría y un intenso placer de vivir, así como la imagen de una rubia superficial. Pero era una mujer culta –una gran lectora que escribió conmovedores poemas intimistas–, inteligente, sensible y atormentada. Se hizo adicta a pastillas para combatir su persistente insomnio. Su mal dormir y los somníferos ocasionaron que frecuentemente llegara tarde a las filmaciones. No fue feliz en ninguno de sus tres matrimonios. En uno de sus poemas confiesa que le gustaría estar muerta, y al preguntarse cómo se ausentaría “de aquí” evoca la imagen del puente: Siempre hay puentes –el puente de Brooklyn / Pero me encanta ese puente… / nunca he visto un puente feo.
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