Hace unos días concluyeron en la Ciudad de México las negociaciones para modernizar el Acuerdo Global entre México y la Unión Europea. El momento difícilmente podría ser más oportuno para México. El contexto internacional ya no es el de hace más de dos décadas, cuando se negoció el acuerdo original. Hoy el comercio mundial está marcado por tensiones geopolíticas, rivalidad tecnológica, cadenas de suministro frágiles, guerras comerciales y el regreso del proteccionismo. En ese entorno, diversificar vínculos económicos y reducir dependencias externas se ha convertido en una necesidad estratégica.
La relación económica con Estados Unidos seguirá siendo el principal eje de la economía mexicana. Más de 80% de las exportaciones nacionales dependen del mercado estadounidense y ninguna otra región puede reemplazar ese peso en el corto plazo. Precisamente por ello, la diversificación de las relaciones económicas ya no es solo una opción para México, sino una necesidad estratégica a largo plazo.
La modernización del acuerdo con Europa abre oportunidades concretas para México en un momento de reconfiguración del comercio global. El acuerdo actualiza reglas en áreas como comercio digital, servicios e inversión; mejora condiciones de acceso para productos agroalimentarios y fortalece oportunidades en sectores vinculados con tecnologías limpias, minerales estratégicos y cadenas industriales de alto valor agregado. También amplía el acceso a compras gubernamentales y facilita la movilidad temporal de profesionales y personal especializado.
Pero el aspecto más importante quizá no sea comercial, sino geopolítico. Europa y México enfrentan un entorno donde el comercio, la inversión y las cadenas de suministro se han convertido en instrumentos de poder estratégico. Estados Unidos ha endurecido su política comercial frente a sus competidores y sus propios socios, mientras China expande su influencia industrial y tecnológica. En ese contexto, diversificar las relaciones económicas ya no responde únicamente a criterios de eficiencia o acceso a mercados, sino a la necesidad de fortalecer la autonomía, seguridad y resiliencia.
Para México, esto representa una oportunidad importante. Europa busca proveedores confiables, capacidad industrial, acceso a minerales críticos y plataformas manufactureras cercanas al mercado norteamericano. México puede ofrecer eso, particularmente en un momento en que industrias buscan reducir la exposición geopolítica y disminuir su dependencia de cadenas de producción concentradas en China.
Pero la confianza internacional no se construye únicamente con tratados. También depende de condiciones internas estables y de la capacidad institucional. Ahí está el verdadero desafío. Si México quiere aprovechar este nuevo momento con Europa, necesita fortalecer su diplomacia comercial. Eso implica una presencia más eficaz en capitales europeas, mayores recursos financieros y operativos para promover empresas mexicanas en el exterior, mejor capacidad técnica para acompañarlas en su internacionalización y una estrategia clara para atraer inversiones vinculadas a cadenas industriales de alto valor agregado.
También implica atender problemas internos que afectan la percepción de riesgo del país: inseguridad, incertidumbre regulatoria, creciente discrecionalidad administrativa y fiscal, lentitud burocrática, rezagos en infraestructura logística y preocupaciones sobre la fortaleza e independencia del sistema judicial tras la reciente reforma. A ello se suma el debilitamiento de mecanismos de protección jurídica como el amparo, fundamentales para la certidumbre de inversionistas y empresas. Ningún tratado sustituye la necesidad de confianza. Y para los inversionistas, la confianza depende tanto de reglas claras como de la capacidad real del Estado para hacerlas valer de manera imparcial y predecible.
El acuerdo con la Unión Europea es una buena noticia para México. Envía una señal de diversificación en un entorno internacional fragmentado. Pero apenas es el primer paso. El verdadero éxito dependerá de si México logra convertir este entendimiento político en inversión, competitividad y empleo, e insertarse en cadenas productivas más diversificadas, blindadas y resilientes.
Recomendar Nota
