Lo primero que hizo la presidenta Claudia Sheinbaum, luego de pronunciar el pasado domingo su intransigente discurso en defensa de la soberanía y el rechazo a la injerencia extranjera, fue precisamente intervenir en el proceso electoral recientemente celebrado en Colombia.
Haciéndose eco de las dudas del camarada Petro sobre el conteo de los votos, nuestra mandataria planteó que había que investigar “hasta lo último” la posibilidad de un fraude.
Al declarar esto entró nuevamente en la zona del ridículo político, puesto que el propio candidato oficialista, Iván Cepeda, con cuyo partido la presidenta Sheinbaum afirma tener amplias coincidencias, reconoció los resultados y asumió su derrota después de una bravata inicial al estilo Petro. (Dije “nuevamente” porque ya le había ocurrido hace no mucho, cuando dos de los socios de Rocha Moya que la hacen defender la “soberanía” con ahínco, prefirieron entregarse por su propio pie a la justicia imperialista).
Luego también de su encendido discurso contra la injerencia extranjera y la ofensiva de las derechas de Estados Unidos y de México contra su gobierno, la presidenta dijo taimadamente, en su conferencia mañanera, que no cree “que sea el presidente Trump quien encabece esta ofensiva”.
Es decir, en opinión de Sheinbaum la DEA, el Departamento de Justicia, el Pentágono, la CIA y hasta el jefe del Departamento de Estado, Marco Rubio, entre otros, han venido actuando por su cuenta al señalar la complicidad del gobierno de Morena con el narcotráfico. Su declaración podría pasar por inocente o de buena fe entre sus correligionarios; pero no sé si tenga conciencia de que presenta a Trump como un tonto al que la “derecha” (él debe ser como de centro, según la presidenta) ignora a la hora de “atacar” a México.
No creo que Trump se lo vaya a agradecer. ¿Quería quedar bien con él? Pareciera, pero de forma muy burda. En el mismo sentido cabe interpretar lo que Sheinbaum dijo acerca de que la guerra contra el narco pudo ser estrategia del expresidente Barack Obama: “siempre nos va a quedar la duda de si la guerra fue una idea de Felipe Calderón o fue una idea de Obama o de las agencias de Estados Unidos”.
Ya es bastante extraño que quiera relevar a su villano favorito (Felipe Calderón) de la responsabilidad de la guerra contra el narco y se la quiera transferir a Obama. ¿Espera que Trump la felicite por este comentario que alude a su némesis?
Y en esa misma sintonía la presidenta también dijo, precisamente el Día de la Marina, que Calderón decidió “fortalecer a la Marina, porque el ejército tiene un sentido muy nacionalista y patriótico…” Y ya cuando se percató de que el engrudo se le hacía bolas, rápidamente añadió: “… la Marina también, pero pudieron meterse mejor en la Marina para formar cuerpos de élite dentro de la Marina, que fueron los que colaboraron más con la DEA para la llamada guerra contra el narco”. Los de la Armada la escucharon felices.
Frente al discurso dominical de Sheinbaum el embajador de EU, Ronald Johnson, preparó un mensaje que francamente era de una diplomacia impecable:
“La lucha contra los carteles debe unirnos, no dividirnos (…) Cada momento que dedicamos a convertir este desafío compartido de seguridad en una discusión política, es una oportunidad perdida para fortalecer nuestra cooperación y proteger a las personas a las que servimos”.
A la presidenta, sin embargo, le pareció intervencionista y optó por recordarle a Johnson “que es importante que los embajadores se queden en el tema de la coordinación y la colaboración [que es justamente lo que hizo el diplomático]. Los embajadores tienen que ser respetuosos de los asuntos políticos internos de los países”.
Y así va la Jefa del Ejecutivo, contradiciéndose, improvisando sin temor al ridículo y abriendo más dudas que certezas en una coyuntura profundamente peligrosa.
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