Es fácil ser pesimista. Por lo general sólo requiere una falta de acción, lo que siempre va a requerir menos esfuerzo que hacer algo. Se cansa menos quien ve una carrera en televisión que el que la corre.
Claro que no siempre es el caso. Hay quien se ve obligado a callar por una situación determinada, algo que para muchos puede ser más difícil que expresar lo que piensa. Pero, en la gran mayoría de los casos, creo que es más sencillo.
Yo me considero un optimista. Será por esa juventud que sigue en mí. En mi cabeza tengo 23, hasta que hablo con alguien que tiene esa edad y me doy cuenta de que esos años han pasado, aunque algo de ello habrá quedado en mí.
Es difícil, lo sé. Las malas noticias viajan más rápido y tienen mayor impacto, algo que es sabido por cualquier reportero que entre a una redacción en la que lo primero que le enseñan es que “las buenas noticias no son nota”.
De esa negatividad están empapados los relatos de los años después de que terminó la Segunda Guerra Mundial, cuando la esperanza parecía sepultada.
El mundo estaba literalmente dividido. Todavía se asimilaban las atrocidades de los regímenes autoritarios que terminaban, al mismo tiempo que se intentaban ocultar las de los que sobrevivieron. La tensión por una guerra nuclear apenas empezaba.
En septiembre de 1949, el presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, anunció que la URSS había detonado con éxito su primera bomba atómica, con lo que se daba por inaugurada de forma no oficial la carrera armamentista que tensó la segunda mitad del siglo.
La oscuridad caía por todos lados. La guerra civil en China llegaba a su fin con el bando comunista a la cabeza, mientras que el conflicto que dividiría a Corea estaba en la puerta.
En 1948 llegaba al poder en Sudáfrica el Partido Nacional que, un año después, aprobó una ley que prohibía los matrimonios mixtos, la base del apartheid que se impondría hasta 1994.
Como en todas las épocas, también había buenas noticias, como la adopción de la Declaración de los Derechos Humanos por parte de la ONU, en 1948, o la firma del Tratado del Atlántico Norte.
Pero cuando por fin se sentía un respiro, llegaban noticias desalentadoras, como lo que se empezaba a saber de la gran hambruna que acabó con la vida de 150 mil personas en Moldavia, entre 1946 y 1947.
Y hechos como que en 1949 todavía faltaban 32 años para el 23-F que cimentó la llegada de la democracia en España, no ayudaban en absoluto.
Fue en ese contexto en el que el escritor francés nacido en Argelia, Albert Camus, se reunió con Louis Lecoin y otros amigos para dialogar sobre estos y otros temas, conversación que quedó plasmada años después en Escritos Libertarios.
Sin especificar quién dijo qué, Camus recoge el diálogo en el que alguien apunta, con razón, que “el futuro es muy sombrío”. La respuesta es igual de inapelable.
“¿Por qué? No hay nada que temer, puesto que ahora estamos alineados con lo peor. Por lo tanto, sólo hay razones para esperar, y para luchar”.
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