A veces olvidamos que el futbol es una de las formas más eficaces de hacer política sin decir que se está haciendo política. Mientras millones de personas se preparan para ver el Mundial que arranca el próximo 11 de junio, gobiernos, diplomáticos y organismos internacionales llevan meses jugando su propio partido.
La mejor explicación de este fenómeno la encontré en Los dueños del juego, artículo de Diana Plaza Martín publicado en Foreign Affairs Latinoamérica (Vol. 26, Núm. 2, abril-junio de 2026). Su planteamiento es tan sencillo como incómodo: las organizaciones deportivas dicen ser neutrales, pero en realidad tienen un enorme poder político porque deciden quién participa, quién organiza y quién queda fuera de los grandes escenarios deportivos.
No es una teoría. La historia está llena de ejemplos. La dictadura de Jorge Rafael Videla aprovechó el Mundial de Argentina 1978 para proyectar una imagen de normalidad mientras el régimen reprimía y desaparecía opositores. Décadas más tarde, Vladimir Putin utilizó el Mundial de Rusia 2018 para mostrar una nación moderna y estable, aunque años después la invasión de Ucrania terminaría provocando la expulsión de Rusia de las competiciones internacionales. Qatar hizo del Mundial de 2022 una carta de presentación ante el mundo y Arabia Saudita sigue utilizando el futbol para aumentar su influencia global.
Por eso resulta imposible mirar el Mundial de 2026 como si fuera únicamente una fiesta deportiva. Cuando Estados Unidos, México y Canadá presentaron su candidatura conjunta, la idea era transmitir integración regional. Hoy el panorama es muy distinto. Las disputas comerciales, las diferencias sobre migración, los conflictos de seguridad y el tono cada vez más agresivo de la política estadounidense han enfriado la relación entre socios que hace unos años presumían una visión compartida de Norteamérica.
Y en medio de todo aparece Irán. Quizá el mejor ejemplo de cómo la geopolítica ya entró al Mundial antes del silbatazo inicial. Mientras Washington y Teherán mantienen una confrontación abierta, la selección iraní jugará en Estados Unidos, pero vivirá en México. Tijuana será su base de operaciones. El embajador iraní ha aprovechado la ocasión para agradecer públicamente el apoyo mexicano y contrastarlo con las restricciones impuestas por Estados Unidos.
La imagen es difícil de ignorar. Un Mundial diseñado para celebrar la cooperación norteamericana comienza con uno de los principales adversarios de Washington instalándose en territorio mexicano. Al final, quizá Diana Plaza tenga razón. El futbol no resuelve los conflictos internacionales. Lo que hace es exhibirlos frente a miles de millones de espectadores.
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