Ni mis padres ni nadie de mis tíos y mis primos fueron aficionados al futbol, y yo soy el mayor de tres hermanos, así que no había posibilidad alguna de que un familiar me contagiara la afición. Pero en cuanto vi por primera vez un partido, en tele de blanco y negro, supe que toda mi vida disfrutaría de lo que el inolvidable Ángel Fernández llamó el juego del hombre. Ningún otro deporte enciende así la pasión de los seguidores, alberga tanta gente en los estadios, provoca tanta euforia, tantas celebraciones, tantos lamentos y tantas decepciones como el futbol.
Cuando vi mi primer juego se iniciaba la trayectoria legendaria de las Chivas rayadas del Guadalajara, único equipo de nuestro país cuyo plantel está integrado exclusivamente por jugadores mexicanos y que ha ganado cuatro campeonatos consecutivos (cuando los campeonatos eran anuales). Media selección mexicana era de futbolistas del Guadalajara. No calificó México a cuartos de final en el campeonato Mundial de Chile porque España, a la que nuestra selección había dominado durante todo el encuentro, pero sin poderle anotar, nos metió gol en el último minuto. El también inolvidable Fernando Marcos, cronista sin par que narraba el partido, expresó el pesar que enlutó a la afición mexicana: “Duele el alma que esto haya ocurrido”.
Así es el futbol: nos depara furias y penas, pero también excitación, entusiasmo, alegrías y momentos inolvidables. Nunca podría olvidar el juego Campeón de Campeones de 1965 en Ciudad Universitaria. Se enfrentaron los acérrimos rivales: el Guadalajara, campeón del torneo de liga, y el América, que había ganado la Copa México.
Los 22 jugadores se baten sin dar ni pedir cuartel. El América va ganando 1-0. Tras una escaramuza, faltando pocos minutos para que concluya el primer tiempo, el árbitro expulsa a dos jugadores chivas y a uno crema (entonces los del América aún no eran águilas). Los expulsados protestan. El Tigre Sepúlveda, defensa central del Guadalajara, se resiste a salir… pero tiene que hacerlo. Al pasar frente a la banca del América se quita la camiseta rojiblanca, la ondea por encima de su cabeza y les grita a los rivales: “¡Con esto tienen, cabrones!” En el segundo tiempo, el Guadalajara, con un hombre menos, sale a comerse el balón y remonta: gana 2-1.
El futbol no cambia las cosas aciagas de nuestro país y del mundo. Pero por unos instantes nos hace vibrar. Disfrutemos el Mundial.
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