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España y el papa: víctimas del hechizo de Dios

Sigo el viaje del papa en España. Me encuentro sorprendido por la conexión entre León XIV y la catolicidad española, especialmente con los jóvenes. ¿Dónde centrar la atención? ¿En la respuesta de la gente que se vuelca por cientos de miles a las calles? ¿En la recepción obsequiada en el Palacio Real? ¿En la vigilia eucarística con cientos de miles de jóvenes en silencio contemplando a Cristo? ¿En el encuentro con el mundo de la cultura, con las asociaciones católicas, con los diputados? ¿En qué discurso del papa poner más atención?

Lo que me inquieta es entender cómo ha sido posible tal manifestación de una catolicidad llena de vida, en un país sometido durante más de 40 años a una muy agresiva, sistemática y bien calculada campaña contra la herencia católica en todos sus rubros. Soy un católico de a pie e historiador, en ese orden, y necesito entender. La explicación a mano es decir que se debe a la acción del Espíritu Santo en la historia; pero eso con decir todo no explica nada. Mi fe necesita comprender las razones de lo que está sucediendo (Fides quaerens intellectum, decía san Anselmo).  

Es muy fácil querer explicar el proceso de descristianización de nuestras sociedades buscando razones fuera de la Iglesia. Pero quedarse con eso sería un gravísimo error. La explicación de fondo hay que buscarla dentro de la misma Iglesia, porque lo sucedido en España parece confirmarse en otros lados. Por decir algo muy sencillo, los bautizos de adultos y jóvenes se multiplican en Estados Unidos y en Francia, la Iglesia crece de manera impresionante en África y los misioneros de la India recorren el mundo. ¿Qué ha sucedido?

Lo primero es no sucumbir a una actitud triunfante, casi revanchista, llena de soberbia, porque tengo para mí que en nuestra soberbia se encuentran las razones del éxito de las campañas contra el catolicismo. La soberbia justifica el pecado. Los diablos lo saben y lo festinan.   

Las últimas generaciones hemos sido testigos del proceso de transformación de una Iglesia centrada en el pecado, predicadora del miedo y la culpa, a otra centrada en la gracia de Dios y, por ende, en Jesucristo. De una Iglesia que, fuera del mundo se satisfacía culpando y señalando pecadores; a otra que acoge sin preguntar, sin condiciones a cuantos buscan honestamente a Dios porque se hace cargo de nuestra frágil condición para recibirnos como hermanos, que hace de la Iglesia un hogar muy acogedor tendiendo puentes, abriendo caminos, invitando al diálogo, la justicia y la paz.

Antonio Banderas lo explicó en el encuentro del papa con el mundo de la cultura de manera entrañable. Un hombre que, en aquella Iglesia pecado-céntrica hubiera sido expulsado del estrado, ahora ha dado testimonio público de su personal historia de amor con Dios, en la cual podemos identificar nuestra propia historia. Al final, lo resumió en una frase, la misma que explica lo que estamos presenciado en España: en una Iglesia en la que todos encontramos un hogar es sencillo aceptar, con gozo, ser “víctimas del hechizo de Dios”.

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