Ante la deriva autoritaria del régimen de la 4T, iniciada por el presidente Andrés Manuel López Obrador y continuada por la presidenta Claudia Sheinbaum –el segundo piso de la autodenominada cuarta transformación–, hay quienes dicen: eso fue lo que quiso la mayoría y, por lo tanto, eso es la democracia.
¡No! La democracia no es sólo la decisión mayoritaria sino también la división de poderes, los contrapesos, el Estado de derecho, la observancia de la legalidad y los derechos humanos, el respeto a las minorías, la deliberación en el proceso legislativo, un Poder Judicial independiente, libertad de expresión sin amenazas ni represalias a quienes la ejercen.
El tiro de gracia a la democracia –eso es la captura del Poder Judicial– fue producto de un fraude a la Constitución perpetrado por el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), que otorgaron a Morena y sus partidos satélites una mayoría calificada, la que se requiere para hacer reformas constitucionales, que no corresponde a la votación obtenida por la coalición oficialista.
Es absurdo sostener que, porque la perpetra el gobierno que obtuvo la mayoría, la demolición de la democracia es democrática –¡vaya contradictio in terminis!–, como sería disparatado sostener que los gobiernos de Mussolini y Hitler fueron democráticos porque surgieron del voto mayoritario.
Una mayoría calificada de legisladores que ni siquiera lee las iniciativas ha convertido el Poder Legislativo en una oficialía de partes. Una Suprema Corte de Justicia del acordeón que resuelve todos los asuntos de los que conoce a favor del pueblo –la voluntad del pueblo, ya sabemos, es la voluntad del gobierno– ha convertido nuestro más alto tribunal en un fiel servidor del poder presidencial.
Así que el hecho de que los presidentes López Obrador y Sheinbaum hayan llegado al poder por el voto de la mayoría no convierte sus designios en democráticos. Creer que la democracia se agota en el voto mayoritario es tener una pobre concepción de la democracia.
La democracia no puede ser el aplastamiento de las minorías por parte del segmento mayoritario de la sociedad, al que el gobierno identifica como el pueblo. Ese aplastamiento es la dictadura de la mayoría. Y en México –nunca será suficiente repetirlo– la mayoría calificada que ha destruido la democracia es una mayoría espuria, que surgió del fraude a la Constitución perpetrado por el INE y el TEPJF.
Recomendar Nota
