El producto interno bruto (PIB) que mide el INEGI es una cuenta alegre y el INEGI lo sabe. Para 2024 cerca de dos décimas partes (19.3%) de su valor a precios de mercado corresponde a la depreciación (o consumo) de los activos de capital fijo, que debe ser repuesta si se quiere mantener la capacidad instalada sin cambios. De ahí el adjetivo de “bruto”. Una variación de la formación bruta de capital fijo por debajo de esta tasa habría implicado una disminución neta de los acervos de capital físico.
La depreciación se la comen las máquinas y el equipo usados para la producción, por lo que son una parte del valor generado que no está disponible para los hogares ni para el resto de los sectores institucionales que participan del PIB (gobierno, instituciones sin fines de lucro, sociedades financieras y sociedades no financieras).
Entonces, si lo que nos interesa ver es cuánto valor está disponible, es necesario restarle la depreciación al PIB, de lo que resulta el producto interno neto (PIN). Pero aquí no acaba la historia, dado que una buena parte del valor que reporta el PIB es con cargo a la naturaleza, a la cual no le compramos, sino que le quitamos. Es decir, la actividad productiva suele degradar el medio ambiente mediante la contaminación del aire, del agua y del suelo.
Asimismo, implica pérdida de recursos naturales, como los forestales, hidrocarburos y aguas subterráneas; de manera que la actividad productiva genera un cierto nivel de desgaste del “capital natural”, del que depende para poder funcionar, de manera análoga a lo que ocurre con la depreciación del “capital físico”.
Entonces, si no contamos este desgaste, estamos haciendo cuentas alegres porque estaremos considerando como valor generado la degradación del medio ambiente. Sin embargo, al igual que pasa con la maquinaria y el equipo, si no apartamos una cantidad de dinero para reponer el desgaste por depreciación, terminamos con un menor acervo de capital, mermando nuestra capacidad productiva.
En el caso del capital natural, el valor a deducir corresponde a los “gastos de remediación”, que toman en cuenta el desembolso que sería necesario realizar para resarcir el daño causado por la actividad humana. Eso es precisamente lo que nos permite conocer el producto interno neto ecológico (PINE) del INEGI. El dato más reciente disponible refiere a 2024 y muestra que el PINE representa 76.6% del PIB. Es decir que 23.4% del PIB debería de apartarse para reposición del capital físico y el capital natural.
Específicamente, los costos totales por agotamiento y degradación ambiental (CTDA) equivalieron a 4.1% del PIB total de la economía, que es un valor muy similar al de los cuatro años previos, que a su vez reflejan los menores porcentajes del CTDA en el PIB desde 2003, cuando equivalía a 6.0%. Esto significa que en las últimas dos décadas la economía mexicana ha aprendido a producir con un menor daño relativo sobe el medio ambiente. Sin embargo, el gasto en protección ambiental total es de apenas 0.7% del PIB en 2024 (en ningún año desde 2023 ha rebasado el 1%), muy por debajo de 4.1% del CTDA, por lo que la cuenta por pagar con la naturaleza se continúa ampliando, lo que plantea un serio cuestionamiento sobre la sostenibilidad del poco crecimiento que ha logrado la economía mexicana en las últimas décadas.
Es decir que, a la deuda de crecimiento económico con la población humana, se suma la deuda acumulada con el medio ambiente. La economía mexicana no solamente necesita con urgencia crecer más, sino que además tiene que crecer mejor. ¡Menudo reto!
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