La FIFA, la CNTE y Claudia Sheinbaum representan tres formas distintas de ejercer poder sobre el espacio público, el tiempo político y la atención colectiva.
La FIFA ha llegado a México tres veces en 56 años y logra que el Estado reorganice calendarios escolares, dispositivos de seguridad, inversiones urbanas y prioridades gubernamentales. Su poder es extraordinario porque no deriva de la soberanía supranacional, sino de su capacidad para imponer condiciones a los países anfitriones.
La CNTE, por su parte, no tiene reconocimiento constitucional alguno para gobernar, pero posee la capacidad de bloquear ciudades, ocupar plazas y alterar el funcionamiento cotidiano de las instituciones. Su poder proviene de la movilización.
Y la presidenta Sheinbaum es quien posee el poder formal del Estado, pero se encuentra entre ambos actores: necesita cumplir los compromisos internacionales del Mundial y al mismo tiempo administrar un conflicto interno que no ha logrado resolver.
La recepción previa a la ceremonia inaugural del Mundial fue organizada por la FIFA en el emblemático Castillo de Chapultepec. No es un edificio cualquiera, es un lugar de memoria nacional.
No es por haber sido casa de descanso de virreyes en el tramo final de la Colonia.
No es por haber sido palacio imperial en tiempos de Maximiliano y Carlota.
Tampoco por haber sido residencia oficial de los presidentes de México desde Porfirio Díaz hasta Lázaro Cárdenas.
El Castillo de Chapultepec es lugar de memoria por ser el símbolo de la defensa de la soberanía nacional frente a un poder extranjero. Desde 1944, es sede del Museo Nacional de Historia. Leyes y reglamentos norman su uso.
Esa fuerza simbólica ha albergado la firma de los Acuerdos de Paz de El Salvador (1992), diálogos por la paz y encuentros con el EZLN, el diálogo del presidente de la república con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (2011), la firma del Pacto por México (diciembre de 2012). Recepciones diplomáticas y eventos en los que, invariablemente, el gobierno de México es anfitrión.
La FIFA organizó y pagó el evento del Castillo. Recepción, cena, artistas, incluido el espectáculo de luces con drones, corrió a su cargo. Suyos fueron las y los invitados.
Cuando la presidenta acudió al Castillo de Chapultepec no asistió a una recepción diplomática organizada por otro Estado.
Asistió a una recepción organizada por una entidad privada global.
La imagen es poderosa: la jefa del Estado mexicano, invitada en una ceremonia organizada por una asociación privada en uno de los espacios más simbólicos de la historia nacional.
Sin la CNTE en el Centro Histórico de la CDMX, quizá la presidenta Sheinbaum hubiera sido anfitriona en Palacio Nacional, o en el patio central del Museo de Antropología e Historia.
En cambio, fue invitada. Dio un breve mensaje y se retiró. Prefirió el escenario de seguros aplausos de 200 elegido/as, al riesgo de la ceremonia inaugural del día siguiente.
Mientras la presidenta evitaba exponerse al juicio impredecible de una multitud en la inauguración, un padre buscador intentaba desesperadamente llamar su atención mediante una metáfora dolorosa:
"Véame como un pato, pero recíbame".
El mensaje es devastador porque transforma la ironía en una acusación moral.
No reclama dinero.
No reclama un cargo.
No reclama privilegios.
Reclama ser escuchado.
Y entonces aparece una coincidencia incómoda.
En la noche del Castillo hubo acceso para gobernadores, dirigentes deportivos, celebridades, patrocinadores e invitados internacionales. El lunes pasado, el pato Merlín acudió a Palacio Nacional invitado por la presidenta Sheinbaum.
Pero siguen sin encontrar acceso quienes buscan a sus desaparecidos. El Castillo de Chapultepec recuerda que sí es posible que un presidente de la República dialogue con las víctimas, como en 2011.
La Presidencia de la República es una institución extraña. Aplausos y abucheos forman parte del cargo. Gustavo Díaz Ordaz acudió a la inauguración del Mundial de 1970 después de haber escuchado la rechifla olímpica más célebre de la historia mexicana en 1968. Miguel de la Madrid hizo lo propio en 1986, en medio de una crisis económica devastadora. Claudia Sheinbaum optó por no estar presente. La diferencia no es de popularidad. Es de concepción sobre la representación institucional.
Quizá la pregunta más inquietante que deja el Mundial no sea quién organizó la mejor ceremonia ni quién de los tres países organizadores ganó su partido inaugural. La pregunta es por qué, en una de las vitrinas internacionales más importantes para México, la presidenta de la República pareció más cómoda como invitada en Chapultepec que como anfitriona frente al mundo.
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