Culiacán, Sin.- “También uno fue parte de todo esto. Veías a las plebes bien operadas, con unas cosas irreconocibles, justo para que le agradaras a los fulanos aquellos que sabes que eso es lo que les gusta. En todo lo que podemos ver está la fuerza del narco”, dijo una mujer, chofer de plataforma, en un estudio sobre Culiacán de la consultora Lexia de noviembre pasado.
“Pues sí, somos responsables, tu ibas al antro cantabas las canciones que decían algo de los grupos, las cantabas sin darte cuenta de que eso, pues no estaba bien”, dijo otra mujer, estilista.
El sistema de valores, de conductas recomendadas, que describimos como “narcocultura” no favorece la seguridad pública ni el desarrollo económico porque incentiva el dominio violento de las otras personas en lugar de la cooperación respetuosa.
La experiencia internacional y nacional muestra que la censura de las expresiones culturales que difunden la narcocultura tiene alcances muy limitados. Restringe el acceso a un sector muy pequeño porque hoy la tecnología permite una amplia y libre difusión de contenidos.
No está exento de resultados que el financiamiento gubernamental no difunda expresiones de narcocultura y que estén prohibidas en ámbitos escolares y de celebraciones públicas, pero satisfacerse con ello significa tapar la realidad de que, en ámbitos privados y en la cultura de miles de personas, los valores del dominio violento están vigentes.
La impunidad es la causa profunda de la narcocultura. Ese sistema de valores se deriva de la realidad. El que mediante la violencia narca se obtengan los objetivos valorados por la sociedad es la mayor promoción.
El combate efectivo al crimen organizado y el fin de la impunidad produce el mayor argumento contracultural: el castigo a la conducta indeseada, “si eres violento no obtendrás lo que deseas”. Las buenas policías y fiscalías son lo más eficaz.
Existen otras dos prácticas que también han resultado eficaces: la deliberación pública y la escuela.
Desatar una discusión en todos los ámbitos, con argumentos sólidos y en forma sistemática sobre los resultados nocivos de la dominación violenta para la sociedad.
Convertir las escuelas en espacios donde se analice científicamente con los niños y los jóvenes los efectos de la narcocultura.
Son tareas posibles para un gobierno democrático, imposibles para un narcogobierno.
El 70 por ciento de la población de Culiacán quiere dejar de ser una sociedad narca según el estudio de Lexia.
El gobierno no quiere.
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