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El futbol y el tigre

Durante décadas, muchos intelectuales y críticos han descrito al futbol como el "opio del pueblo". La idea es sencilla. Los grandes espectáculos deportivos sirven para distraer a la gente mientras los problemas de fondo siguen ahí. Mientras millones discuten alineaciones, goles y arbitrajes, la inseguridad, la desigualdad y las crisis económicas continúan su curso. Hay algo de verdad en esa visión, pero no basta para explicar por qué el futbol ocupa un lugar tan importante en la vida de tantas personas.

El futbol no es solo una vía de escape. También funciona como una válvula de liberación social. Permite descargar tensiones, canalizar frustraciones y generar un sentimiento de pertenencia. Por eso es mucho más que un negocio. Millones de personas encuentran en un club o en una selección algo que muchas veces no encuentran en la política, las instituciones o incluso en el lugar donde viven. La alegría es auténtica y el sufrimiento también.

Sin embargo, hay una paradoja evidente. Mientras la emoción sigue siendo popular, el acceso al espectáculo se ha vuelto cada vez más exclusivo. Los precios de las entradas alcanzan cifras prohibitivas para buena parte de la población. Asistir a los grandes torneos se ha convertido en un lujo reservado para una minoría. El futbol global ha descubierto que puede convertir la pasión en un negocio cada vez más rentable.

Pero aunque los estadios sean más caros y exclusivos, las celebraciones siguen perteneciendo a “la raza”. Las plazas, las calles y los espacios públicos continúan llenándose cada vez que llega una gran victoria. Ahí reaparece el verdadero protagonista del futbol. La multitud.

Y es precisamente en esas celebraciones donde el deporte revela algo más profundo sobre el estado de nuestras sociedades. Las explosiones de alegría, los excesos, los disturbios ocasionales y esas noches interminables de festejo terminan funcionando como una especie de termómetro social. No expresan únicamente amor por un equipo. También reflejan ansiedad, frustración y cansancio.

Por eso llama la atención que, en una época marcada por la inseguridad, las dificultades económicas, el deterioro de las expectativas de futuro y la polarización política, las celebraciones no hayan derivado en episodios mucho más graves. Para como están las cosas, resulta casi sorprendente que la presión social siga encontrando cauces relativamente controlados.

Es cierto que las élites económicas, políticas y deportivas pueden beneficiarse de los grandes espectáculos de masas. Pueden convertirlos en negocio, en entretenimiento o incluso en herramientas de cohesión social. Lo que no pueden garantizar es el control absoluto de las emociones colectivas que esos espectáculos movilizan.

Quizá por eso cobra sentido una frase que se hizo famosa hace algunos años. "Quien suelta al tigre, que lo amarre". Fue pronunciada como advertencia, casi como amenaza, en un contexto de alta polarización. Sin embargo, más allá de quién la dijo o de la intención con la que fue pronunciada, la frase encierra una verdad incuestionable. Las emociones colectivas pueden despertarse, canalizarse e incluso aprovecharse, pero rara vez pueden controlarse por completo.

Veremos qué pasa en nuestro México querido si hay un quinto partido o quizá algo más.

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