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Más viajeros y menos aldeanos

Uno de los saldos que dejó la reciente visita del rey de España a México y, sobre todo, la foto con Sheinbaum, es que resucitó -o tal vez nunca desapareció- un acentuado aldeanismo en la burocracia y la comentocracia, mostrando el episodio como si esa tarde la relación entre ambos países se hubiese levantado, cual ave Fénix, de sus cenizas.

¿Fue algo de eso? Para nada.

El documento que en su día envió López Obrador a España fue el exabrupto de un presidente desequilibrado que no tuvo ninguna consecuencia práctica en esa relación y se convirtió más bien en materia -eso sí, a ratos divertida- de cháchara mediática, podcasts de medio pelo, disquisiciones pseudohistóricas y hasta allí. 

Pongámoslo en el contexto apropiado. Lo que se denomina “relación diplomática” no se da en el vacío. Se sostiene sobre lazos que se expresan, sí, en amistad, alianzas y buenos deseos -la poesía-, pero sobre todo se sustancia y ejecuta -la prosa- en el terreno económico, cultural, educativo, turístico, entre otros, y nada de eso cambió entre México y España a raíz de la pataleta. De hecho, los datos indican que esos vínculos se intensificaron, haciendo sentido el dictum churchilliano recordado por Arturo Sarukhán: la diplomacia “trata de asegurar y garantizar beneficios”.

Para empezar, la misiva fue recibida como lo que fue: una anécdota berrinchuda para consumo morenista que con cualquier cosa babea. En Madrid, que ya desde entonces empezaba a vivir el grave proceso de descomposición política, jurídica y moral de su propio gobierno, la boutade del "perdón" les importó un rábano a todos. Sus prioridades ya eran la crisis del sanchismo, la Unión Europea, la invasión de Ucrania, las tensiones con Marruecos, la migración africana y poco más.

En cambio, en otros renglones fue miel sobre hojuelas o, siguiendo a Lenin, mostró que “toda política es economía concentrada”. Veamos: la inversión mexicana en España asciende a 35 mil millones de euros, operan unas 500 empresas que generan 30 mil empleos, y empresarios como Díaz Morodo, Aramburuzabala, Torrado, Del Valle, Fernández González y -¿dónde no?- Slim, se convirtieron en parte natural del paisaje ibérico.

Por su parte, la inversión española en México está en los 70 mil millones de dólares mediante unas 6 mil empresas y, por dar un ejemplo exitoso, el mercado mexicano supone 45% de las utilidades globales de BBVA. Más aún: algunas compañías españolas calificadas de diabólicas por Obrador se convirtieron luego en Carmelitas Descalzas, como Iberdrola, que inteligentemente se deshizo de 13 viejas plantas eléctricas en México por 6 mil mdd, los cuales reinvirtió en Estados Unidos en energías limpias.

La emigración mexicana, por su parte, sin contar a quienes obtuvieron residencia legal o nacionalidad, siguió creciendo hasta llegar a más de 75 mil connacionales en aquel país y los hispanos en México son más de 240 mil. En paralelo, un millón 100 mil turistas mexicanos llegan anualmente a suelo ibérico y entre 350-400 mil hispanos hacen el trayecto inverso en los 40 o 50 vuelos directos que hay cada semana entre ambos países.

Y otro indicador: unos 30 mil estudiantes mexicanos están inscritos o de intercambio (o eso dicen) en instituciones académicas españolas, más que en el resto del mundo, y la vida cultural está nutrida, en ambos lados, de escritores, artistas, músicos, editores, investigadores y, por supuesto, vagos, vividores y simuladores de uno y otro país.

Entonces, la regia visita y la republicana foto ¿constituyen el día de la revelación en la relación bilateral? Por favor, comentócratas y chavales: hay que ser más viajeros y menos aldeanos.

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