A la Pax Americana surgida al final de la Segunda Guerra Mundial, el presidente Donald Trump le ha administrado la extremaunción a comienzos de este año 2026. Aún no conocemos con precisión las dimensiones ni los alcances que esta decisión tendrá sobre el sistema internacional, las relaciones entre las potencias con arsenal nuclear, el comercio global, la gestión de los recursos energéticos y, sobre todo, la relación de Estados Unidos con otras regiones del mundo, como América Latina o la Unión Europea. Sin embargo, a juzgar por los precedentes (el caso de Venezuela o las pretensiones sobre Groenlandia), queda claro que el presidente estadounidense está dispuesto a llegar hasta donde sea necesario.
Al finalizar el conflicto bélico en 1945, el mundo quedó dividido en dos grandes bloques: el comunista, articulado en torno a la Unión Soviética, y el capitalista, encabezado por Estados Unidos. Para organizar la vida económica, política y militar de Occidente, Estados Unidos impulsó e instauró un entramado de instituciones internacionales como las Naciones Unidas, la OTAN, el GATT, el FMI o el Banco Mundial. La lógica era elemental: todo Estado que aspire a garantizar la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos necesita instituciones sólidas, profesionales y estables. Con claroscuros —y en muchos casos con más sombras que luces—, este fue el esquema con el que se gobernó el mundo capitalista durante décadas… hasta la llegada de Donald Trump.
Durante su primera presidencia, las intenciones de Trump quedaron claras. Su beligerancia frente a la Unión Europea, la ONU, la OCDE o los países latinoamericanos no dejaba lugar a dudas. No fue más lejos, en parte, porque cuatro años no bastaron para ejecutar todo lo que tenía previsto y, en parte, porque perdió las elecciones frente a Joe Biden, lo que terminó por radicalizar su postura. Por ello, no deberíamos llamarnos a sorpresa. Sabíamos lo que podía ocurrir. Sin embargo, como sucede con frecuencia, nadie estaba realmente preparado para lo que vino después, a partir de 2025. Y hablo en plural, porque todos somos, en alguna medida, responsables de lo que está ocurriendo y, sobre todo, de lo que está por venir.
El mundo, la política y las relaciones internacionales se sostienen sobre equilibrios. Pueden ser injustos e inequitativos, pero son equilibrios al fin y al cabo, y proporcionan certeza y una relativa seguridad a quienes participan en ellos. Este tipo de equilibrio implica que ningún actor esté dispuesto a moverse, ya que no tiene la certeza de que hacerlo le reporte más beneficios que costos. Hoy, Donald Trump ha roto ese equilibrio al dar un paso que considera ganador, convencido de que saldrá triunfante y sin margen para la duda.
No obstante, en la lógica de la elección racional, las expectativas pueden ser racionales, pero los resultados no siempre lo son. Todo puede ocurrir. Lo único verdaderamente claro es la decisión de Trump de dejar atrás el antiguo orden internacional. A partir de aquí, el mensaje es inequívoco: game over.
