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La UNAM y la ilusión de la cercanía

Por primera vez en su historia, la UNAM convirtió su examen de ingreso en una competencia verdaderamente nacional. Ya no fue necesario viajar a la Ciudad de México para presentar la prueba. Bastó una computadora, una conexión a internet y cumplir con los requisitos tecnológicos establecidos por la convocatoria.

La decisión fue celebrada como un paso hacia la democratización del acceso. Y, en efecto, tiene elementos que justificaban ese optimismo.

Durante décadas, miles de jóvenes del interior del país enfrentaban un costo adicional que poco tenía que ver con su preparación académica. Competir por un lugar en la UNAM implicaba comprar boletos de autobús o de avión, pagar hospedaje, alimentación y, muchas veces, trasladarse acompañados por algún familiar. Para una familia de ingresos modestos, ese gasto podía representar un obstáculo considerable.

El examen remoto eliminó esa primera barrera.

Pero creó otra paradoja.

Porque la facilidad para concursar puede hacer olvidar que la UNAM sigue siendo, fundamentalmente, una universidad presencial.

La mayoría de las licenciaturas no se estudian desde casa. Se cursan en Ciudad Universitaria, en las facultades, en los campus metropolitanos y en las escuelas distribuidas en la Zona Metropolitana del Valle de México. Quien obtiene un lugar tiene que mudarse, encontrar alojamiento, sostener una renta, pagar transporte y alimentación o disponer de una red familiar que haga posible permanecer durante cuatro o cinco años en la capital del país.

La distancia desapareció para presentar el examen.

No desapareció para estudiar.

La diferencia no es menor.

Hasta ahora, la barrera geográfica operaba desde el inicio del proceso. Muchas familias valoraban, antes de presentar el examen, si podían afrontar el costo de un eventual traslado permanente a la Ciudad de México. Esa reflexión probablemente desalentaba a numerosos aspirantes.

El examen remoto modificó esa lógica.

Ahora fue posible competir desde cualquier rincón del país con un costo inicial muy reducido. Pero la verdadera decisión económica llegaría después, cuando el/la aspirante descubre que fue admitido/a y debe resolver, en cuestión de días, cómo cambiará por completo su vida.

En los días posteriores a la publicación de resultados comenzaron a aparecer historias reveladoras. Jóvenes de distintos estados contaban que ya habían comprado boletos de avión o reservado hoteles para acudir a entregar documentos e inscribirse. La alegría por haber sido aceptados se mezclaba con otra preocupación mucho más terrenal: ¿cómo sostener una carrera universitaria lejos de casa?

La pregunta merece atención porque revela un cambio silencioso en la naturaleza del concurso.

Antes competían, sobre todo, quienes estaban dispuestos —y en condiciones de hacerlo— a desplazarse hasta la Ciudad de México, incluso para presentar el examen.

Hoy puede competir prácticamente cualquiera.

Eso amplía las oportunidades, pero también amplía la competencia.

Y obliga a preguntarse si la UNAM está preparada para asumir plenamente las consecuencias de esa apertura nacional.

La Universidad se define, con razón, como la universidad de la nación. Su influencia académica, científica y cultural rebasa desde hace mucho tiempo las fronteras de la capital. Sin embargo, su infraestructura sigue concentrada principalmente en el Valle de México.

La modalidad remota parece haber nacionalizado el acceso al examen sin nacionalizar todavía las condiciones para cursar los estudios.

No se trata de una crítica al examen en línea que tiene sus propios cuestionamientos.

Tampoco de sostener que la Universidad deba restringir nuevamente la participación de jóvenes provenientes de otros estados.

Se trata de reconocer que toda decisión pública produce efectos que deben analizarse con cuidado.

Si el nuevo modelo incrementa significativamente la presencia de aspirantes foráneos, la discusión ya no puede limitarse a la tecnología utilizada para aplicar el examen.

Habrá que pensar en becas de manutención, residencias universitarias, apoyos para vivienda, esquemas de movilidad y mecanismos que permitan a estudiantes talentosos permanecer en la Universidad, sin que su situación económica termine expulsándolos.

De lo contrario, la UNAM podría estar generando una expectativa difícil de cumplir.

La tecnología acerca a los aspirantes. Pero no paga la renta.

La conectividad elimina kilómetros. Pero no sustituye un lugar donde vivir.

La computadora permite presentar un examen desde Mérida, Tijuana o Tapachula. Pero no convierte automáticamente a la Ciudad de México en una ciudad accesible para todos.

Más allá de los serios cuestionamientos a los resultados, quizá aquí se encuentre la verdadera discusión que deja este primer examen nacional en línea.

No basta con democratizar el acceso al concurso. También habrá que democratizar, en la medida de lo posible, las condiciones para ejercer el derecho que ese concurso reconoce.

Porque abrir la puerta de acceso a la UNAM constituye un avance extraordinario.

Asegurar que quienes la cruzan puedan permanecer dentro de ella representa el desafío que apenas comienza.

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