Hoy inicia un nuevo ciclo escolar. Como todos los lunes, la jornada comenzará con los honores a la bandera. La escolta marchará por el patio custodiando el lábaro patrio. Toda la escuela cantará el Himno Nacional.
Después vendrá la ceremonia cívica. Se recordarán efemérides, gestas y héroes de la República. En algunas escuelas se reflexionará sobre su significado o sobre la comunidad.
Para muchos, esta ceremonia es una rutina sin mayor importancia. No lo es. Es un ritual cívico con consecuencias más profundas de lo que aparenta en la superficie.
México es un país inmenso, diverso culturalmente y profundamente desigual. Sin embargo, cada lunes, niñas, niños y jóvenes que viven vidas radicalmente distintas participan en el mismo ritual. Lo hacen desde las comunidades más aisladas y marginadas hasta las escuelas más acaudaladas de las grandes metrópolis.
Ese punto de unión no es menor. El antropólogo Victor Turner llamó communitas al sentimiento de igualdad, pertenencia e identidad compartida que puede surgir como consecuencia de un ritual, cuando las diferencias ordinarias se suspenden temporalmente.
Además, sus formas son, en esencia, republicanas. No se venera a un caudillo, un dictador o un fundador único de la nación. Se recuerda una pluralidad de gestas y héroes, distintos y contradictorios, que juntos construyen una historia común. La repetición semanal de este ritual, sobre todo durante la infancia, deja una huella profunda.
Quizá esta sea una de las razones por las que México ha logrado algo improbable: una identidad nacional ampliamente compartida. No era fácil. Nuestra geografía, diversidad cultural y desigualdades conspiran contra ella. Basta mirar a otros países. España sigue enfrentando graves conflictos sobre su identidad nacional. En Perú, muchos movimientos de inconformidad han encontrado en la ruptura una de sus expresiones.
En México, incluso los grandes movimientos de protesta han reclamado, sobre todo, inclusión. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, surgido en Chiapas en 1994, es un ejemplo: desde su propio nombre llevaba un símbolo nacional. Sus integrantes exigieron igualdad y reconocimiento de su diferencia, pero también se reconocieron como parte de una misma nación y marcharon con la bandera nacional.
Eso tiene valor. Y posiblemente sea el mayor aporte histórico de la escuela mexicana.
Pero cuando termina el ritual y los alumnos entran al salón, aparece una ruptura brutal entre el mundo simbólico de la República y su realidad.
Muchos entrarán a una escuela donde no aprenderán lo necesario para el siglo XXI. La crisis es histórica, pero hoy se ha agravado. Morena redujo coberturas, eliminó las escuelas de tiempo completo y sus jornadas de seis horas, con mejores resultados de aprendizaje, alimentación y apoyo a las madres trabajadoras.
Impuso materiales educativos deficientes y devolvió la carrera docente al control clientelar de los líderes sindicales. Todo ello destruyó una reforma que, por primera vez en la historia, había separado la carrera docente del control sindical y clientelar, ampliado las escuelas de tiempo completo y mejorado los materiales educativos. Hoy existe evidencia contundente de que ese conjunto de medidas estaba mejorando los aprendizajes, especialmente en matemáticas y español, en las escuelas públicas.
La contradicción es profunda. El ritual enseña comunidad e igualdad. La realidad condena a millones a una educación que les niega los instrumentos para una vida libre e independiente.
Los símbolos importan. Sostienen una comunidad política. Pero no bastan.
Una República debe serlo también en la realidad. La escuela debe dar a cada niña y niño, especialmente a los más pobres, los conocimientos y la autonomía necesarios para no depender de nadie.
Ese es el empeño que deberíamos renovar hoy, al comenzar un nuevo ciclo escolar.
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