Alejandro Juárez
El título de este escrito tiene dos palabras desconocidas en el México actual: Estado y futuro. Se desconocen porque en nuestro país nos fascina conjugar en dos tiempos: pasado y presente. El pasado es muy solicitado y se vende bien, lo que incluso genera una enfermiza adicción a él. El presente tiene, además, otra característica: se sobreanaliza. Estos sobreanálisis, que además son “cortoplacistas”, se anclan al pasado creando una relación simbiótica que no siempre es positiva. El futuro, en cambio, no es parte de la fórmula. Es algo extraño que la mayoría de las personas no comprenden, que les causa miedo y que, por lo tanto, rechazan. Incómodos, lo rehusamos y sacamos de nuestra conversación, condenándonos individual y colectivamente.
Esto no es gratuito. La ausencia del pensamiento en el futuro tiene una relación directa con la violencia e inseguridad que vive México desde hace más de 20 años. El miedo, la desesperación y la incertidumbre dominan grandes sectores de la población, provocando que sea más importante vivir hoy y ahora, porque mañana quién sabe si viviremos. Con la pérdida de proyección en el futuro también se perdió la idea del Estado. El Estado se construye manteniendo ciertos consensos y continuidades, sobre todo, entre la clase política. Durante los gobiernos del viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI), aunque no era tan obvio, fue más fácil construirlo porque no existía la alternancia. Es decir, los consensos y continuidades se mantenían más fácilmente entre la clase gobernante porque provenían del mismo partido.
Algunos consensos y continuidades empezaron a cambiar a partir de la presidencia de Miguel de la Madrid, y se hicieron evidentes con la llegada de Vicente Fox a la presidencia en el 2000. Fox traía buenas intenciones, pero no entendió del todo el Estado que el viejo PRI había formado. Así, por ejemplo, algunas acciones del viejo PRI en el ámbito internacional, que eran éticamente cuestionables, pero útiles para la gobernabilidad de México, como la relación con la dictadura de Cuba, cambiaron bruscamente. Muchas personas recordamos el “Comes y te vas” de Fox a Fidel Castro, que “rompió la tacita” con el gobierno cubano que no se había metido con México. A partir de ahí, eso cambió.
Esto, obviamente, no es una defensa de la criminal dictadura cubana ni de los delitos del PRI. Es un señalamiento de cómo el pragmatismo de las relaciones internacionales, como herramienta del Estado mexicano durante la Guerra Fría, tuvo un efecto directo en una gobernabilidad más efectiva de México, algo que, desde la caótica perspectiva actual, parece envidiable. No es que Fox y su equipo fueran tontos; más bien eran inexpertos. La falta de alternancia política ocasionó que la oposición no tuviera experiencia para gobernar a nivel federal y careciera de tacto político para manejar estas situaciones. Por otro lado, también provocó soberbia en el priísmo que, ante la derrota electoral y con el orgullo herido, hizo que muchos de sus gobernadores, 21 en aquel momento, no cooperaran con la nueva administración, lo que generó una progresiva pérdida de gobernabilidad.
Todo esto no se veía en ese momento. Muchos de quienes vivimos ese suceso ansiábamos un cambio político en el país. En aquel entonces, muchas personas no veíamos que el viejo PRI también había tenido aciertos. El primer gobierno surgido de la oposición también tuvo éxitos, siendo el Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (después Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales) y el Seguro Popular (ahora extintos) las joyas de la corona. Otros programas sociales, como los libros de texto “gratuitos”, los apoyos al campo y las campañas de vacunación, entre otros logros de gobierno, también continuaron. Se estaban construyendo nuevos consensos y continuidades, pero en el horizonte había nubarrones que ensombrecerían todo.
La primera obligación del Estado es garantizar la seguridad y el orden público. En un país como México, donde la gobernabilidad y la seguridad se construyeron más con arreglos políticos que con procuración de justicia y efectividad policial, que la mayoría de los gobiernos estatales no cooperaran con el gobierno federal se convirtió en algo crítico. Además, escenarios internacionales como el ataque a las Torres Gemelas en 2001 y la liberación de la venta de armas de asalto en Estados Unidos, en 2004, afectaron gravemente la paz y seguridad del país.
Cuando llegó Felipe Calderón a la presidencia de la República, en diciembre de 2006, inició una ofensiva militar contra los cárteles de la droga. Sí debía enfrentarse a la delincuencia, pero recurrir tan intempestivamente a las Fuerzas Armadas para tal propósito se interpretó más como una legitimación política, derivada de su cuestionada victoria electoral, que como una acción bien planeada por parte del nuevo gobierno federal.
Era natural que Calderón utilizara las instituciones militares para combatir los cárteles. Durante la Guerra Fría, el viejo PRI ideó el “pacifismo mexicano” para mantener distancia de las tensiones entre la Unión Soviética y Estados Unidos. A la par de eso, la cúpula priísta fomentó un hermetismo militar al tiempo que presentaba las Fuerzas Armadas como un “Ejército de paz”. Además, los militares no habían protagonizado golpes de Estado como en varios países de Sudamérica y ayudaban a la población en casos de desastre; esto les dio buenos índices de confianza y aprobación.
Ante la carencia de policías civiles efectivas, ¿qué mejor opción para traernos la “paz” que los soldados y los marinos? Era obvio, ¿no? Su imagen se había construido así desde mediados del siglo pasado; por eso Pedro Infante, en Los tres huastecos (1948), interpretó a un capitán del Ejército que perseguía a un maleante al que llamaban “El Coyote”. ¿No eran para eso las Fuerzas Armadas? Décadas de esos mensajes hicieron que las instituciones militares fueran la primera opción para enfrentar la delincuencia.
No obstante, después de las victorias iniciales, todo empezó a complicarse. ¿Por qué? Porque el crimen también aprende y, sobre todo, corrompe. La espiral de violencia se expandió y, con ella, el Estado mexicano empezó a naufragar. ¿Fallaron las Fuerzas Armadas? En realidad, no. Lo que falló fue la identificación del problema y la solución aplicada. Las instituciones castrenses respondieron acorde a su entrenamiento: con tácticas militares, pero en ese momento la delincuencia no era un problema militar; era un asunto de seguridad pública; los soldados y marinos tenían poco o nada que hacer ahí. Pero ¿quién lo iba a saber si durante años, deliberadamente, no se discutieron las diferencias entre seguridad pública, interior, nacional y mucho menos defensa nacional? ¿Por qué hacerlo de tal manera si en México había estabilidad y, además, éramos un país pacifista? Nunca fue necesario tener esa conversación.
El error se cometió. Se envió a las Fuerzas Armadas a pelear una lucha que nunca iban a ganar (y en la que se cometerían múltiples delitos y violaciones a los derechos humanos) porque la victoria no dependía de su disciplina, de su poder de fuego o de su amor a México. Dependía de conceptos que, en ese entonces, no estaban en el radar de las instituciones: prevención, procuración de justicia, reinserción social, etc. Y, claro, sin olvidar la voluntad política que, como se ha expuesto, no era la mejor en algunas personas tomadores de decisiones.
Con la llegada de Enrique Peña Nieto, hubo un intento por corregir algunas dinámicas y fortalecer nuevamente el Estado. Como resultado de las reformas estructurales, se crearon diversos organismos autónomos que redistribuyeron el poder y regularon algunas decisiones técnicas de gran impacto para el país. Sin embargo, la relación que tuvo Peña con las Fuerzas Armadas permanece desconocida.
En su sexenio, los titulares de la Defensa y la Marina mantuvieron una extraordinaria coordinación. Se adquirió equipo similar para optimizar la interoperabilidad de ambas secretarías; se emitió el primer Glosario de Términos Homologados Técnicamente en Materia de Seguridad en el Ciberespacio SEMAR-SEDENA; en los desfiles militares del 16 de septiembre, por primera vez, almirantes de la Armada de México y generales de división de la Fuerza Aérea fueron comandantes de la columna. Las instituciones militares de México, que desde su separación en 1940 habían mantenido distancia, se estaban comunicando positivamente entre ellas.
Sin embargo, y a pesar de estos avances, la inercia de la violencia fue demoledora. Peña comprendió mejor qué son y cuál es el propósito de las Fuerzas Armadas, pero no logró corregir el rumbo de la seguridad del país. Escándalos como La Casa Blanca y Ayotzinapa sepultaron sus niveles de aprobación y, con ellos, sus reformas. En este contexto, inició el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
López despreciaba profundamente cualquier legalidad. Para él, la palabra y los deseos del presidente tenían que ser la única ley. En ese sentido, los consensos y continuidades que habían construido los gobiernos anteriores y que daban cierta viabilidad al Estado eran un estorbo. Desde que tomó el Ejecutivo, debilitó cualquier contrapeso. Las reformas fueron abolidas; las organizaciones civiles no gubernamentales, diezmadas; la oposición, sometida o comprada; el periodismo, acosado y censurado.
Sin embargo, procedió diferente con las Fuerzas Armadas. También las aborrecía. Eran el símbolo de la continuidad oficial del Estado que despreciaba. Deseaba que fueran leales a él, no a la institución presidencial. No, con ellas había que conducirse distinto; había que destruir su prestigio y corromperlas hasta la indignidad y minar la confianza en ellas utilizando en su contra su lealtad, subordinación y obediencia a la Presidencia de la República.
Álvaro Obregón, otro militar, dijo: “Nadie resiste un cañonazo de 50 mil pesos”. López, siendo comandante supremo de las Fuerzas Armadas y aprovechando la ambigüedad de algunas leyes, les asignó la construcción de grandes obras de infraestructura. Era mucho dinero que, junto al hermetismo militar, se prestaba a malos manejos. Además, en seguridad decretó la patraña de “Abrazos, no balazos”, que significó la total renuncia al monopolio de la fuerza que le corresponde al Estado. Al declarar a los criminales “parte del pueblo”, también se desentendió de su obligación de proteger a la población, que es el primer deber del Estado. Así, con instituciones debilitadas y sin oposición real, llegó Claudia Sheinbaum a la presidencia.
En seguridad, la primera mujer presidenta trató de actuar diferente. Desde el día uno de su gobierno se cambió de estrategia. Se empezó nuevamente a perseguir delincuentes y a reconstruir algunas capacidades del Estado. No obstante, y aunque en los hechos se procedía de forma diferente, discursivamente Sheinbaum trató de mantener la tontería de “abrazos, no balazos”. Fue un error. El segundo gobierno de Trump puso énfasis en la seguridad y acusó a México de no cooperar. Al poco tiempo, Sheinbaum abandonó el discurso de López. Pudo haber hablado de seguridad desde el primer día y engarzar el discurso trumpista con su propia agenda, pero no fue así. Ahora, muchas de las acciones de su gobierno en ese tema se toman como una orden de Estados Unidos, cuando en realidad fueron su iniciativa.
¿Ha habido avances en seguridad en estos últimos dos años? Sí, si consideramos el abandono y la destrucción institucional del sexenio anterior, pero aun así hay una evidente debilidad del Estado que se refleja en su incapacidad de controlar todo el territorio nacional, lo cual ya es un tema militar. Si a eso sumamos la incertidumbre ocasionada por la pretendida reforma al Poder Judicial, ¿cómo pensar en el futuro?
A lo largo de este ensayo hay denominadores comunes: violencia, inseguridad y el desconocimiento de las Fuerzas Armadas. No saber qué son y para qué sirven las instituciones militares es parte del desastre actual. ¿Se duda? Veamos dos ejemplos históricos. ¿Cómo fue que Porfirio Díaz dio estabilidad a México después de un caótico siglo XIX? Desmilitarizando a partir de su conocimiento de las Fuerzas Armadas. ¿Cómo hicieron lo mismo figuras como Calles, Joaquín Amaro, Cárdenas, Ávila Camacho y Francisco Urquizo en la posrevolución del siglo XX? Con la misma fórmula: desmilitarizando a partir de su conocimiento de las Fuerzas Armadas.
¿Se puede repetir esa ruta? Depende. No podría ser igual porque requerimos un fuerte componente policial civil, pero sí se necesitan militares para recuperar el control territorial. Actualmente, el secretario García Harfuch es la única figura con mayor conocimiento de cómo funcionan las Fuerzas Armadas. A la par de eso, en algunos sectores del gobierno ya vieron que gobernar sí tiene ciencia y están corrigiendo su curva de aprendizaje recuperando algunas capacidades técnicas, sobre todo, en temas de seguridad.
Como se ven las cosas, no hay forma de que la oposición gane en el 2030. No sólo no tienen figuras fuertes, sino que tampoco proyectan un programa o voluntad de reconstruir el Estado. Se concentran más en golpear al oficialismo que en proponer alternativas y soluciones. Sin un gramo de autocrítica, siguen la misma ruta de lo que tanto critican.
Construir Estado significa tener visión de largo plazo. Implica pensar en el futuro y en las siguientes generaciones. Seguir pensando que la inseguridad puede “administrarse” en vez de resolverse es caminar en círculos. Por eso aquí planteo una de las soluciones que se necesitan: conocer a las Fuerzas Armadas es un paso necesario para reconstruir el Estado y dar un mejor presente y futuro a México.
*Alejandro Juárez. Doctor en Historia Aplicada por el Centro de Investigación y Docencia Económicas. Se ha especializado en investigaciones sobre las Fuerzas Armadas , seguridad nacional, defensa nacional y relaciones civiles-militares. Cuenta con experiencia operativa y de consultoría en el sector de la seguridad.
@AleJuarezA