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ENSAYO: Hiperpolítica o la obsesión de vender lo viejo como nuevo

Armando Luna Franco

Hay una pulsión, propia de cada generación, por encontrar lo nuevo para distinguirse y estampar su sello de autenticidad en el decurso histórico. La política es el terreno idóneo para lograrlo porque su carácter contingente invita a la innovación. El cambio social implica también un cambio en las formas de disputar el poder, resolver conflictos y lograr vivir en comunidad. Pero una de las paradojas de la política es la tensión, Arendt dixit, entre pasado y futuro. El presente de la política es acechado por el peso del pasado y la indeterminación del futuro.

Ortega y Gasset partió de esta tensión para definir su concepto de generación. El pensador español identificó una cualidad del tiempo humano: en un mismo “hoy” pueden convivir distintas experiencias del presente, en función de la vida transcurrida: el hoy de los viejos, de los jóvenes y de quienes apenas empiezan a vivir. Así, el madrileño distinguió entre ser coetáneo y ser contemporáneo: sin importar la experiencia de vida, todas las personas somos contemporáneas de nuestro presente, pero sólo somos coetáneos quienes vivimos una experiencia común, tan cercana como sea posible.

El autor de En torno a Galileo llegó entonces a la siguiente definición: “el conjunto de los que son coetáneos en un círculo de actual convivencia es una generación. […] Comunidad de fecha y comunidad espacial son, repito, los atributos primarios de una generación.” Agrego dos cosas a su definición: primero, una generación no está dada, se construye mediante un esfuerzo colectivo que, segundo, requiere desarrollar una conciencia común sobre la experiencia compartida. Lo nuevo sirve como elemento central para lograrlo, ¿pero cuándo se manifiesta?

Pablo González Casanova enfrentó este problema al hablar del neozapatismo y “La Otra Campaña” en el marco de la elección presidencial de 2006. Al escribir sobre ello en “El zapatismo y el problema de lo nuevo en la historia”, el sociólogo reflexionaba que la novedad del EZLN estaba relacionada con la crisis y la ruptura, es decir, cuando un acontecimiento nos obliga a cambiar nuestra perspectiva sobre las cosas y, en consecuencia, nuestras formas de actuar. Así, la novedad del neozapatismo sirve de recurso para fomentar una conciencia común en medio de un punto crítico de la vida social.

No es gratuito que ambos pensadores partieran de la crisis para reflexionar sobre lo nuevo y la idea de generaciones, ni que los traiga a colación para hablar del libro en boga del verano: Hyperpolitics de Anton Jäger. Las credenciales del autor son indiscutibles: doctor en historia por la Universidad de Cambridge, profesor de historia del pensamiento político y teoría política en la Universidad de Oxford, columnista invitado del New York Times, entre otros medios. Es su primer libro en solitario, pero ya ha publicado dos anteriores en coautoría, sobre populismo e ingreso básico universal, respectivamente. Sin embargo, lo más destacable de su currículum es su edad: apenas registra 32 años.

Hyperpolitics nace de la crisis política actual: las democracias representativas de Occidente son asediadas por partidos políticos y liderazgos reaccionarios de derecha, por grandes corporaciones transnacionales que expanden sus negocios e intereses a costa del bienestar público y del medio ambiente. Las expectativas económicas de la población mundial son precarias, mientras que los derechos sociales, económicos y políticos obtenidos mediante la lucha y la organización social son erradicados con poca o nula oposición. Las izquierdas, socialistas o no, carecen de un proyecto que concilie la agenda progresista con la satisfacción de las necesidades básicas y son incapaces de contener las tendencias autoritarias cuando ejercen el poder.

Jäger identificó una anomalía en este escenario. A pesar del sentimiento generalizado de indignación por el estado de cosas y el rechazo de los políticos reaccionarios y los grandes capitales, las manifestaciones en su contra no desembocan en un movimiento revolucionario de masas. La idea de hiperpolítica es simple desde este enfoque: estamos muy politizados, pero nuestras acciones son inconsecuentes para cambiar el mundo. Para explicar esta anomalía, el académico belga se apoya en dos recursos: una propuesta analítica que conjuga la politización y la institucionalización, y una periodización histórica.

Sin embargo, su propuesta difícilmente es nueva, tanto en el ámbito analítico como histórico. Como explica al inicio de su ensayo, por politización entiende el grado de movilización de las personas, y por institucionalización el grado de pertenencia o asociación en organizaciones cívicas establecidas. Ninguna de las variables aquí presentadas son innovadoras: la ciencia política de la segunda posguerra, especialmente la estadounidense, ya planteaba este problema: basta ver los estudios de figuras como Seymour Martin Lipset (Political Man, por ejemplo) o Robert A. Dahl (Who Governs?). Podríamos llamarlo un problema clásico: cuánto se interesa la gente por la política y cómo se organiza para participar.

Si la novedad no reside en su propuesta analítica, seguro sí reside en su periodización. Pero no, lamento decepcionarles. Jäger propone dividir el siglo XX y lo que llevamos del XXI en cuatro periodos que cubren el lapso entre la Primera Guerra Mundial y el presente. El primer periodo es la política de masas y coincide con lo que Eric Hobsbawm llamó el corto siglo XX (1914-1989); el segundo periodo es la postpolítica y cubre desde 1989 hasta la crisis financiera de 2008; el tercer periodo es la antipolítica y va desde 2008 hasta 2020; finalmente, la hiperpolítica va desde 2020 hasta nuestro presente.

Lo que Jäger llama la política de masas coincide con el establecimiento y el desmantelamiento de los estados de bienestar tras la Segunda Guerra Mundial. La postpolítica corresponde con la implementación del modelo neoliberal, caracterizado por la desregulación económica y la reducción institucional del Estado, como respuesta a la crisis económica de los años setenta. La antipolítica coincide con la crisis económica de 2008 y el rechazo a las políticas neoliberales, así como con el ascenso de la política reaccionaria, mientras que la hiperpolítica se refiere a la vida social después de la pandemia de COVID-19. Lo que explica la economía política (el cambio en el arreglo institucional en función del desempeño económico) lo vende como nuevo.

Cada periodo se ubica en un arreglo cartesiano donde el eje horizontal representa el grado de politización y el vertical el de institucionalización. La política de masas se encuentra en el cuadrante de alta politización e institucionalización, la postpolítica en el cuadrante contrario (baja politización e institucionalización), mientras que junta a la antipolítica y la hiperpolítica en el cuadrante de baja institucionalización y alta politización. Pero Jäger no ofrece una escala apropiada para medir cuánto es mucho o poco, curándose en salud al decir que no existe una forma matemática concreta para expresarlo. 

Su único intento es otra gráfica simple donde mide, sin explicar, la recurrencia de acontecimientos políticos varios para representar la politización y una larga parábola que alcanza su cénit alrededor de los años sesenta y cuyo declive comienza hasta la actualidad para hablar de institucionalización. No se trata de exigir formalismo estadístico, pues es una herramienta de trabajo y no un argumento. Pero si la propuesta es ofrecer una explicación novedosa del estado político actual, cabe esperar al menos una exposición metodológica que justifique dichas representaciones. 

La solución del problema de la hiperpolítica, bajo este esquema, parece simple: un regreso a la política de masas donde la alta politización de la gente se acompañe de instituciones sociales que canalicen el deseo del cambio social. Sin embargo, esta perspectiva nace de una idea romantizada de lo que fue la política de masas durante la primera mitad del siglo XX, así como de una periodización incorrecta. Bajo su propia referencia, podríamos considerar el propio 1968 como un año hiperpolítico: una alta politización con una baja institucionalización, de ahí su carácter efímero, algo similar podría decirse de 1989, del movimiento antiglobalización de 1999, por mencionar ejemplos que usa.

Al final, la propuesta de hiperpolítica sólo trata de poner un traje nuevo a un viejo problema: cómo involucrar a la gente mediante estructuras sociales constantes que los mantengan movilizados. Su diagnóstico tampoco es nuevo, es un tanto obvio e intuitivo: la gente está indignada, pero no se organiza. A pesar de que el propio Jäger reconoce el peso de la economía política en esta situación, parece ignorarla como herramienta de trabajo. La gente no se organiza porque apenas puede subsistir y se cierran los espacios y momentos para hacerlo.

Tal vez la única idea rescatable, pero no por novedosa sino porque poca gente la usa en un libro de este alcance, es la caracterización del trumpismo como bonapartismo. Aunque reconoce que el trumpismo nació de la era antipolítica (y cuya distinción con la hiperpolítica es difusa cuando no decir inexistente), lo cierto es que el movimiento que encabeza refleja bien la dinámica descrita por Karl Marx en su clásico El 18 Brumario de Luis Bonaparte: la emergencia de un líder popular que reorganiza a la clase dominante en torno a su persona para instaurar un régimen burocrático-militar. Por lo demás, el libro de Jäger falla en convertirse en una voz generacional que aproveche lo nuevo para tomar su lugar en el decurso histórico, es más un falso arranque que una toma de postura.

*Armando Luna Franco. Ensayista y articulista especializado en política mexicana y pensamiento político contemporáneo. Escribe para Animal Político y Revista Común.
@alunaf_89

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