El estado legalizó el suicidio médicamente asistido para pacientes con una expectativa de vida menor a seis meses, quienes, tras evaluaciones médicas, pueden recibir medicamentos letales
El estado legalizó el suicidio médicamente asistido para pacientes con una expectativa de vida menor a seis meses, quienes, tras evaluaciones médicas, pueden recibir medicamentos letales

The New York Times publicó un extraordinario reportaje de Emma Goldberg, con imágenes de Erin Schaff, sobre uno de los dilemas más incómodos de la medicina contemporánea: ¿puede un médico, dedicado a prolongar y cuidar la vida, ayudar deliberadamente a un paciente a terminarla?
La historia comienza con Tara Shapiro, médica de cuidados paliativos que durante más de 30 años ha acompañado a cientos de personas en sus últimos días. Su perspectiva cambió en 2023, cuando ayudó a su suegra, Janice Shapiro, de 81 años y enferma de un padecimiento muscular degenerativo, a acceder en Vermont a la llamada “ayuda médica para morir”. Janice bebió la combinación letal de medicamentos y murió unos 20 minutos después, rodeada de su familia.
La experiencia llevó a Shapiro a enfrentarse con una contradicción que atraviesa todo el reportaje: después de tres décadas luchando contra la muerte y aliviando el sufrimiento, ¿qué significa convertirse en una médica que también puede contribuir a acelerarla? La pregunta alcanza incluso al juramento hipocrático y su antigua prohibición de administrar medicamentos mortales.
El dilema dejó de ser teórico en Nueva York. El estado legalizó el suicidio médicamente asistido —sus defensores prefieren llamarlo “ayuda médica para morir”— y el pasado 5 de agosto comenzó a operar Quiĕtus, considerada la primera clínica neoyorquina dedicada específicamente a acompañar a pacientes que deciden poner fin a su vida. No tiene consultorio: sus médicos y demás especialistas atienden a los enfermos en sus casas.
Quiĕtus funciona como un servicio integral. Los pacientes deben someterse a dos evaluaciones médicas y una de salud mental antes de recibir la receta de una combinación de sedantes, morfina y dosis letales de medicamentos cardiacos. Nueva York impuso requisitos estrictos: ser residente del estado, tener una expectativa de vida no mayor de seis meses y respetar un periodo de espera antes de recibir los fármacos. La asistencia médica para morir ya es legal, según el reportaje, en 13 estados.
Y morir de esta manera no es barato. El servicio completo de Quiĕtus cuesta poco menos de 12 mil dólares e incluye consultas, evaluaciones psicológicas, medicamentos, apoyo logístico y acompañamiento a la familia después de la muerte, aunque sus responsables aseguran que también atenderán a personas incapaces de pagar esa cantidad.
Goldberg muestra que el problema no consiste únicamente en decidir si la muerte asistida es moralmente aceptable. Hay que convertirla en una práctica médica concreta. ¿Qué farmacia está dispuesta a proporcionar las dosis letales? ¿Cómo deben transportarse? ¿Qué ocurre si un enfermo decide adelantar su muerte durante la madrugada? ¿Debe existir un médico disponible las 24 horas? ¿Qué hacer si aparecen conflictos familiares justo antes del momento programado?
Es ahí donde el reportaje adquiere su mayor fuerza: la decisión filosófica de permitir que una persona elija su muerte termina chocando con cuestiones extraordinariamente mundanas. Los integrantes de Quiĕtus llegaron incluso a discutir qué deberían llevar en sus maletines cuando acudan a una muerte programada: guantes, sondas, cucharas, tazas medidoras o alimentos que ayuden a ingerir los medicamentos.
La propia profesión médica está dividida. Una encuesta nacional de 2019 citada por el Times encontró que 60 por ciento de los médicos apoyaba legalizar la muerte asistida, pero solamente 13 por ciento estaba dispuesto a participar personalmente. Para sus críticos, hacerlo contradice la esencia misma de la medicina. Shapiro responde desde la posición opuesta: considera que evitar sufrimientos insoportables también puede ser una forma de cumplir con el deber de no hacer daño.
El reportaje de Emma Goldberg no ofrece una respuesta sencilla ni pretende hacerlo. Su mérito está precisamente en llevar al lector hasta la frontera donde se encuentran autonomía, compasión, sufrimiento y muerte. Nueva York ya resolvió la cuestión legal. Lo que médicos, pacientes y familias apenas empiezan a descubrir es mucho más difícil: qué significa, en términos humanos, que ayudar a morir se convierta también en una práctica de la medicina.
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