Los asesinatos ocurridos en Atizapán no sólo provocan repugnancia y espanto sino, también, estupefacción. Si el móvil, como se ha dicho, fue un asunto de dinero con el socio, ¿por qué asesinar a la esposa embarazada, a la hijita de tres años y a la niñera, una joven de 21 años?
Aun en un país como México, donde la cifra de homicidios dolosos y desapariciones forzadas ––que son asimismo homicidios dolosos casi todas ellas, pero sin cadáver encontrado–– es altísima, el homicidio múltiple de la familia y la empleada del tecladista Jonathan Meléndez horrorizan y asombran.
“No hace falta recurrir al diablo para entender el mal. El mal pertenece al drama de la libertad humana. Es el precio de la libertad”, escribió el filósofo alemán Rüdiger Safranski. Algunos sucesos, como el de Atizapán, escapan a cualquier explicación racional que los haga comprensibles.
Un personaje de William Shakespeare dice: “… cerrad en mí todo acceso, todo paso a la piedad, para que ningún escrúpulo compatible con la naturaleza turbe mi propósito feroz”. No disuadieron a los autores de los más repulsivos crímenes ni las altas punibilidades de la ley ni creencias religiosas ni escrúpulos éticos.
Por aborrecibles que sean esos crímenes para casi todo el mundo, no faltan quienes se sienten atraídos por los criminales no como objeto de curiosidad, reflexiones o estudio psicológico o criminológico, sino con una extraña, repugnante simpatía.
Charles Manson destruyó la ilusión de la fraternidad universal hippie con una serie de asesinatos atroces. En 1969 envió a un grupo de jóvenes seguidores ––la familia Manson–– a perpetrar dos noches de matanzas en Los Ángeles. Una de las víctimas fue la bellísima actriz Sharon Tate, de 26 años, esposa del cineasta Roman Polanski, que estaba embarazada.
Manson, que estuvo 46 años en prisión, donde murió en 2017 a los 83 años de edad, tiene numerosos admiradores. “¿Es posible desentrañar el misterio de iniquidad en el que anida el mal?”, se pregunta el estudioso del psicoanálisis Luis Seguí (El enigma del mal, Fondo de Cultura Económica).
¿Son verdaderamente interesantes los malos? Me quedo con la descripción de Savater: son brutos, guarros, acaparadores, carecen de los sentimientos que hacen amable la vida. Los únicos malvados de auténtica altura vital están en la literatura, en las obras de Dostoyevski, Conrad, Shakespeare (“¿Quién inventó el mal?”, The Objective, 27 de marzo de 2025).
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