La 4T tiene mayoría. No tiene consenso.
La diferencia importa.
Claudia Sheinbaum ganó la Presidencia con una votación contundente. Morena y sus aliados cuentan además con mayorías legislativas suficientes para sacar adelante buena parte de su proyecto. Nadie puede negarles esa legitimidad.
Pueden decidir. La pregunta es si basta con poder hacerlo.
Una mayoría se cuenta. El consenso se construye. La primera permite ganar una elección, aprobar una ley, reformar una institución. El segundo requiere algo más difícil: conseguir que quienes no comparten el proyecto completo estén dispuestos a acompañar una parte.
El consenso no es unanimidad.
Tampoco significa que las oposiciones tengan derecho de veto, ni obliga a la mayoría a renunciar al programa por el que votaron las y los ciudadanos.
Significa algo mucho más sencillo: “no necesito comprar tu paquete completo para poder coincidir contigo en algo”.
Ahí aparece el problema de la polarización.
Hace 50 años, una famosa campaña publicitaria de El Heraldo de México mostraba un vaso y decía, palabras más, palabras menos: “Hay quien ve este vaso medio lleno, hay quien lo ve medio vacío. Cuestión de enfoques”.
Había un solo vaso.
Hoy tenemos varios. Cada uno contiene sus propios datos, agravios, personajes, explicaciones y certezas. El problema no es su existencia. Una democracia plural necesita muchos vasos.
Las dificultades comienzan cuando cada uno se convence de que es el único.
La 4T tiene un vaso particularmente grande porque detrás de él están millones de votos. Contiene reducción de la pobreza, aumento del salario mínimo, programas sociales, grandes obras públicas, reivindicación de grupos históricamente relegados y la convicción de estar realizando una transformación profunda del país.
En otros vasos hay cosas diferentes y contrarias.
Están la preocupación por la violencia y las desapariciones; la concentración del poder; la desaparición o debilitamiento de organismos autónomos; la reforma del Poder Judicial; las dificultades del sistema de salud; la incertidumbre económica, las violencias contra las mujeres o la erosión de contrapesos.
El problema comienza cuando el respaldo electoral se interpreta como prueba suficiente de que todo el “paquete” ha sido aprobado y quien cuestiona a una de sus partes queda colocado automáticamente fuera de la voluntad popular.
Entonces la mayoría sustituye al consenso.
La investigación sobre polarización política en México ofrece una pista. Alejandro Moreno, del ITAM, ha encontrado que la división que hoy separa con mayor intensidad a los mexicanos no es necesariamente la tradicional izquierda-derecha. Es el eje apoyo-rechazo a la llamada cuarta transformación (4T).
Estoy con la 4T o estoy contra ella.
Pero la sociedad es mucho más complicada. Alguien puede respaldar los programas sociales y rechazar la reforma judicial. Aprobar el aumento del salario mínimo y exigir una política distinta frente a la inseguridad. Reconocer avances en materia de pobreza y cuestionar la concentración del poder.
También desde la oposición se construyen “paquetes”. Si algo de la 4T se acepta llega la acusación de entreguismo. No se admite que se puede criticar severamente al gobierno sin concluir que todo lo que hace está mal.
Romper los “paquetes” es una condición para construir el consenso.
Y aquí regresamos a la mesa.
¿Quién debe ponerla?
Quien tiene mayor poder, tiene mayor responsabilidad de hacerlo. En este momento corresponde principalmente al gobierno de Claudia Sheinbaum.
Sin embargo, hasta ahora la 4T ha actuado demasiadas veces como si su mayoría hiciera innecesaria esa tarea. Dicen: “si tenemos los votos, ¿para qué negociar?” “Si las urnas decidieron, ¿para qué buscar al que perdió?”
Porque gobernar democráticamente no consiste solamente en ejercer la mayoría.
Consiste también en construir las condiciones para que una sociedad plural pueda reconocerse en algunas decisiones comunes.
La oposición tiene igualmente una responsabilidad. Sentarse a la mesa no significa capitular. Negociar no es traicionar. Acompañar una iniciativa del gobierno no convierte automáticamente a nadie en oficialista.
México no necesita unanimidad. Probablemente sería preocupante que la tuviera. Necesita recuperar la capacidad de construir acuerdos parciales entre personas y grupos que seguirán profundamente enfrentados en otros asuntos.
Esa es la diferencia entre mayoría y consenso.
La mayoría puede aprobar una decisión sin escuchar al otro.
El consenso comienza cuando pueda decirle: “No compro tu 'paquete' completo. Pero en esto sí te acompaño”.
Para llegar hasta ahí hacen falta varios vasos.
Y una mesa donde ponerlos.
Habrá que construirla.
Recomendar Nota
