Juan Pablo García Moreno
Han pasado 25 años. Y, como propone el reciente documental Generation 9/11, los ataques del 11 de septiembre están dejando de ser pasado reciente para convertirse en Historia. En algún momento de los próximos dos años, la mayoría de la población estadounidense habrá nacido después de ese día. El mundo en el que vivimos comenzó con el impacto del segundo avión —el que reveló el carácter deliberado de los hechos— y, sin embargo, aquel momento comienza a sentirse distante, esquivo.
Ha pasado suficiente tiempo para que existan reconstrucciones minuciosas y ensayos sobre los persistentes efectos de ese día —The Only Plane in the Sky de Garrett Graff es un ejemplo de lo primero; Homeland, de Richard Beck, de lo segundo—; también ha habido representaciones, en su mayor parte fallidas, de los hechos. Pienso en dos excepciones: la novela Falling Man de Don DeLillo y United 93, dirigida por Paul Greengrass.
Pero quienes tenemos edad suficiente para recordar ese día jamás olvidaremos cómo se sintió. Y entender, recordar y sentir son cosas muy distintas. La diferencia queda clara al escuchar On the Transmigration of Souls de John Adams. En ella, Adams combina voces y sonidos pregrabados, una orquestación singular y un coro para evocar, con gran éxito, las sensaciones y sentimientos de aquel 11 de septiembre.
Gracias a las memorias del compositor, reunidas en Hallelujah Junction (FSG, 2008), sabemos que, al momento de los ataques, John Adams estaba en Londres, supervisando la grabación de su ópera The Death of Klinghoffer. Aún no había regresado a Estados Unidos —recordemos: volar se había vuelto impensable— cuando fue contactado por la Filarmónica de Nueva York: querían una obra que conmemorara la tragedia, ¿estaría interesado en componerla?
A Adams no le pareció buena idea. Pensó que una representación musical o poética de los acontecimientos era frívolo e insensible, “un ejercicio del peor gusto posible”. Pasaron los días, con ellos comenzaron los homenajes y memoriales. Y Adams notó algo: la contradicción entre la desbordante creatividad de su país y la falta de música que reflejara el sentimiento singular de la tragedia. La Filarmónica de Nueva York interpretó el Requiem Alemán de Brahms para honrar a las víctimas y, en Londres, el homenaje incluyó la Novena de Beethoven. Era indispensable que hubiera un registro propio de la gravedad del momento. Entendió el encargo como un deber cívico y lo aceptó.
El compositor se impuso dos restricciones. En primer lugar, nada de grandilocuencia: la obra debía poner al centro la intimidad del duelo, la experiencia compartida y a la vez incomparable de aquellos que habían perdido a sus seres queridos pero permanecían para recordarlos. En segundo lugar, como marco de referencia, la imposibilidad del silencio en una ciudad como Nueva York. Adams, añade en su relato, encontró la estructura de la obra en los cientos de miles de partículas y fragmentos de las Torres que en lugar de caer parecían flotar.
Escuchar On the Transmigration of Souls es una experiencia sobrecogedora. Inmediatamente nos sitúa en medio de la ciudad —pasos, cláxones, silbatos— y comienza a tejer un altar de aire: las voces pregrabadas de los deudos se entrelazan poco a poco con las flautas y el coro en vivo que repite nombres y recuerdos. Es posible escuchar un memorial ingrávido, un templo suspendido que permanece un instante antes de desaparecer. Nos recuerda a Paul Celan: “… luego subiréis como humo en el aire / luego tendréis una fosa en las nubes / ahí no hay estrechez”.
Coda
Comienza la era de Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Nueva York. La primera obra que dirigirá en su concierto inaugural será On the Transmigration of Souls.
Juan Pablo García Moreno. Periodista y editor.
@JpGm91
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