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La llama se encendió este domingo

La marcha más grande en la historia de Sinaloa se registró ayer en Culiacán, con la convocatoria de 50 organizaciones civiles y el apoyo activo de la Iglesia católica.

El gobierno de Morena buscó por distintos medios sabotear la marcha por la paz y se topó con la fortaleza moral de la ciudadanía harta de la violencia, y con la aparición de héroes intempestivos que en épocas de desesperanza surgen de donde menos se les espera.

Las 24 horas previas a la marcha se registraron ocho asesinatos, mientras manos misteriosas esparcieron rumores en redes sociales para que la población no saliera de sus casas porque pasarían cosas graves.

A las siete de la mañana de este domingo la manifestación inició con una misa al aire libre afuera de la iglesia de La Lomita, donde el obispo de Culiacán dijo a los asistentes que el día anterior (sábado) le habló la gobernadora interina, Graciela Domínguez.

La respuesta del obispo Jesús José Herrera Quiñónez fue tan serena como inapelable: “Gobernadora, la Iglesia es parte de la sociedad”.

A las 8:15 terminó la misa y arrancó la marcha por los cuatro kilómetros hasta la catedral, de los que tres estaban cubiertos por ciudadanos que coreaban “¡queremos paz!”, y también “¡fuera el narcogobierno!”

Desde que pidió licencia Rocha Moya, ningún funcionario de su gobierno ha sido procesado ni tampoco en los municipios del estado, donde a vista de las autoridades sólo hay ángeles.

El equipo de funcionarios de Rocha Moya está completo en el gobierno estatal.

El pacto criminal sigue intacto en Sinaloa.

Los asesinatos, la extorsión y la violencia mafiosa continúan.

Por eso la asistencia multitudinaria a la marcha de ayer, que tuvo como protagonista a la sociedad y a las agrupaciones civiles.

La participación abierta y decidida de la Iglesia dio tranquilidad a la ciudadanía abandonada por sus autoridades.

Desde el viernes la diócesis de Culiacán circuló una carta del obispo a los párrocos para que suspendieran la misa de siete de la mañana del domingo, para que los fieles asistieran a la marcha.

“La paz que Cristo nos ofrece no es indiferencia ante el sufrimiento ni simple ausencia de conflictos”, escribió el obispo Herrera.

Les explicó: “Queremos caminar juntos, llevando en el corazón el dolor de nuestro pueblo, pero también la certeza de que la violencia no tiene la última palabra”.

El orden de los contingentes en la marcha fue espontáneo, se agruparon como fueron llegando.

Los partidos políticos de oposición tuvieron una participación prudente, más bien simbólica, con mantas alusivas a la exigencia de paz y sin propaganda.

No fue una marcha partidista ni religiosa, sino ciudadana que no excluyó a militantes ni a credo religioso alguno.

Los oradores en la manifestación fueron los liderazgos espontáneos surgidos de una ciudadanía acorralada por la violencia y la impunidad.

Martha Reyes, presidenta de Coparmex en Culiacán, un chef, Miguel Taniyama, una niña, luego un estudiante, y el profesor Víctor Aispuro, director de la escuela Sócrates.

Él vivió el dolor cuando dos alumnos suyos, niños aún, fueron asesinados en el trayecto a la escuela.

También marchó una señora con la foto de un bebé entre los brazos. Era su hijo, que falleció en la sala de operaciones del hospital, luego de que su familia fuera atacada por un grupo criminal y al bebé le tocó un balazo.

Eso ocurrió la semana pasada.

Contra la indolencia y la complicidad criminal del gobierno marchó la sociedad en Culiacán. Es la única manera, parecen decir las organizaciones que convocaron.

O como lo planteó el obispo Herrera: “La palabra de Dios nos recuerda: ‘busca la paz y sigue tras ella’. No podemos acostumbrarnos al dolor ni permitir que el miedo nos robe la esperanza”.

Este domingo, en Culiacán, se encendió una llama que muestra al país que hay un camino distinto a la desidia y al derrotismo.

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