Hace más de tres siglos, en mayo de 1707, los reinos de Inglaterra y Escocia se unificaron, dando lugar al nuevo reino de la Gran Bretaña, así designado, en virtud del nombre de la mayor de las islas británicas- Gales ya estaba integrado a Inglaterra desde mucho antes.
Casi un siglo después, en 1801, las llamadas Actas de Unión incorporaron al Reino de Irlanda a dicha alianza, creando el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Ese Estado plurinacional sería el primer país en industrializarse, principal centro financiero, y, como tal, potencia preponderante a lo largo del siglo XIX y principios del XX, a través de su dominio de los mares, lo que le permitió crear un vasto imperio “en el que no se ponía el sol” e imponer la “pax británica” que dominó al globo por más de una centuria.
Su decadencia, iniciada tras la Gran Guerra, y acelerada vertiginosamente después de la Segunda Guerra Mundial, no le impidió seguir siendo enormemente influyente y creadora de tendencias universales, a través de los Beatles, los Rolling Stones, la minifalda o el punk rock. Londres se convirtió en la capital mundial de la moda juvenil, liderada por la diseñadora Mary Quant y la estética de Carnaby Street.
Para los años setenta Reino Unido se había convertido en el “hombre enfermo de Europa” y contemplaba, impotente, cómo aquellos países a los que supuestamente había derrotado en 1945- Italia, Alemania y Japón- lo rebasaban y superaban, por mucho, en importancia.
Margaret Thatcher intentó revertir ese declive a través de su implacable revolución conservadora. Desde otro ángulo, el laborista light, Tony Blair, pretendió otro tanto. El Brexit, uno de los mayores fiascos del siglo presente puso fin a esas ilusiones y sumió a Reino Unido en la irrelevancia.
Ayer se reunieron en Cardiff, capital de Gales, los principales dirigentes del Partido Nacionalista escocés (SNP, por sus siglas en inglés), John Swinney, la vicepresidente de Sinn Féin, Michelle O'Neill partido político irlandés de ideología republicana e izquierdista, cuyo objetivo principal es la reunificación de Irlanda y el líder del partido independentista galés Plaid Cymru , Rhun ap Iorwerth, para anunciar que “el tiempo de Westminster está llegando a su fin”, y con ello la existencia del Reino Unido y manifestar que el futuro de sus respectivas naciones está en la Unión Europea.
En la reunión que los periodistas han denominado “La Cumbre Separatista” los dirigentes reclamaron el derecho a la autodeterminación y exigieron al gobierno central de Londres que no bloquee la convocatoria a referéndums de independencia. Las tres agrupaciones políticas están al frente de los gobiernos de sus respectivos parlamentos locales simultáneamente por primera vez tras el triunfo de Plaid Cymru en las elecciones de mayo pasado, lo que otorga mayor peso y verosimilitud a su declaración conjunta.
El costo para Londres en caso de que la amenaza se materializara sería inmenso. Inglaterra por sí sola vería su economía y su peso en el orden internacional severamente disminuido. Por ejemplo, perdería el control sobre las reservas de petróleo y gas del mar del Norte, así como sobre importantes zonas de generación eólica marina situadas en aguas escocesas y galesas.
Por otra parte, Escocia alberga la base naval de Faslane, donde se encuentra la fuerza de disuasión nuclear del Reino Unido. La secesión obligaría a Londres a reubicar sus submarinos nucleares y a reconfigurar la infraestructura militar a un costo de capital formidable.
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