El primer ministro, acostumbrado a enfrentar crisis, busca una nueva salida con nuevos aliados para Canadá
El primer ministro, acostumbrado a enfrentar crisis, busca una nueva salida con nuevos aliados para Canadá

En apariencia, la llegada de Mark Carney a la política canadiense fue por una puerta poco habitual. Después de todo, pasó más de tres décadas fuera de ella.
Cuando prestó juramento como primer ministro el 14 de marzo de 2025, Carney no había sido diputado, ministro ni dirigente de partido. Tampoco había hecho carrera electoral.
En cambio, había sido gobernador de dos de los bancos centrales más importantes del mundo: el Banco de Canadá y el Banco de Inglaterra.
Antes, trabajó durante 13 años en Goldman Sachs, en donde ocupó cargos internacionales relacionados con la estabilidad financiera y el cambio climático.
Por eso, si se piensa con calma, su llegada al poder no fue tan extraña como podría parecer. Durante años se mantuvo cerca de donde se toman las grandes decisiones económicas, por lo que tampoco era un mundo desconocido para él.
Sin embargo, ahora, como primer ministro, tiene la tarea de trasladar esa experiencia a un problema completamente distinto, y que podría ser más peligroso para su país.
Ahora Carney es el encargado de hacer que Canadá deje de depender tanto de Estados Unidos en un momento en que Washington, bajo Donald Trump, ha convertido el comercio, la seguridad y hasta la integridad territorial canadiense en asuntos de presión política.
Y cuando se navegan aguas turbias, siempre es necesario llevar una brújula que guíe el camino. Para Carney esta parece ser una que nadie esperaría para un banquero central. Václav Havel.
Mark Joseph Carney nació el 16 de marzo de 1965 en Fort Smith, en los Territorios del Noroeste, aunque llegó a Edmonton, Alberta, a los seis años.
Como a tantos canadienses, el hockey lo llamó desde pequeño, e incluso lo llevó a ser portero del equipo de Harvard, universidad en la que estudió Economía.
Después de su graduación en 1988, el ahora primer ministro comenzó su carrera profesional en Goldman Sachs, empresa que lo llevó a Londres, Tokio, Nueva York y Toronto.
Después, en 2003, dio el primer giro importante de su carrera cuando fue nombrado subgobernador del Banco de Canadá. Un año después abandonó temporalmente el banco central para incorporarse al Departamento de Finanzas del gobierno federal.
En 2008 regresó al Banco de Canadá, esta vez como gobernador. Tenía 42 años. Al mismo tiempo que llegaba al puesto, el mundo se veía acechado por una nueva crisis financiera, la peor desde la Gran Depresión.
Su respuesta incluyó una reducción rápida de las tasas de interés y otras medidas destinadas a mantener funcionando el crédito y la economía. Canadá terminó atravesando la crisis en mejores condiciones que muchos otros países.
Eso contribuyó a construir la reputación que más tarde sería decisiva para su carrera política: la del hombre que sabe trabajar cuando las circunstancias se vuelven extraordinarias.
En 2011 fue nombrado presidente del Financial Stability Board, el organismo internacional encargado de coordinar políticas de estabilidad financiera entre las principales economías.
Dos años después, en 2013, llegó algo todavía más inusual, el gobierno británico lo escogió para dirigir el Banco de Inglaterra, lo que lo convirtió en el primer extranjero en ocupar ese cargo.
En Inglaterra Carney tuvo que enfrentarse a otra crisis de naturaleza distinta. Durante su gestión ocurrió el referéndum del Brexit en 2016 y posteriormente la salida británica de la Unión Europea.
No corrió del reto, sino que permaneció en el cargo hasta 2020 cuando también le tocó la llegada de la pandemia de Covid-19, aunque no por mucho tiempo.
Su desempeño en el Banco de Inglaterra fue objeto tanto de reconocimiento como de críticas. Algunos dicen que impulsó una mayor transparencia y disposición para tomar decisiones difíciles.
Otros le reclaman que envió mensajes contradictorios sobre la evolución de las tasas de interés.
Aun así, para cuando dejó Londres, Carney había conseguido algo extraordinario, había dirigido los bancos centrales de Canadá y Reino Unido, dos economías del G7, después de haber trabajado durante años en la banca privada internacional.
El salto a la política llegó en 2025, y lo hizo de manera abrupta. Justin Trudeau había anunciado en enero de ese año que dejaría el liderazgo del Partido Liberal y, posteriormente, el cargo de primer ministro. Los liberales necesitaban un sustituto.
Carney decidió llevar a cabo la apuesta más extraña de su vida. Su experiencia política se limitaba a su paso por la administración pública y a su relación con gobiernos y organismos internacionales.
El nueve de marzo de 2025 ganó la elección interna liberal con aproximadamente 86 por ciento de los votos, derrotando a la exministra de Finanzas Chrystia Freeland. Cinco días después juró como primer ministro.
Su llegada coincidió con una crisis particularmente delicada. Donald Trump había impuesto aranceles a productos canadienses y había hablado reiteradamente de Canadá como potencial “estado 51” de Estados Unidos.
Carney convirtió esa amenaza en el centro de su primer discurso político. Una de sus ideas fundamentales fue que Canadá no podía controlar lo que hiciera Washington, pero sí podía controlar su propia capacidad de respuesta.
Pero al primer ministro todavía le faltaba una elección propia, por lo que el 23 de marzo solicitó la disolución del Parlamento y convocó elecciones para el 28 de abril de 2025.
El resultado cambió completamente la naturaleza de su gobierno. Los liberales obtuvieron 169 de los 343 escaños y aproximadamente 43.7 por ciento de los votos.
No alcanzaron la mayoría absoluta, pero aumentaron su representación respecto de la legislatura anterior. Así dejó de ser simplemente el economista y se convirtió en un primer ministro con un mandato electoral propio.
La política de Carney como primer ministro puede entenderse alrededor de idea de resiliencia. Después de todo, la palabra aparece constantemente en sus discursos.
Su diagnóstico es que durante décadas Canadá se benefició de una situación excepcional en la que tenía acceso privilegiado al enorme mercado estadounidense, seguridad proporcionada en buena medida por Washington y un sistema internacional relativamente estable.
El problema, sostiene, es que ese mundo cambió. En un discurso ante el Council on Foreign Relations en 2025 dijo que Canadá necesitaba “fortalecer” su economía internamente y “diversificar” sus relaciones externas.
No quería abandonar alianzas existentes, sino evitar la dependencia excesiva en una sola de ellas. Y esa línea se convirtió en su política.
No es algo fácil. Canadá depende profundamente de su vecino al sur. El comercio, las cadenas industriales, la energía y la seguridad están integrados a ambos lados de la frontera.
Por eso Carney no plantea romper esa relación, sino reducir la vulnerabilidad que produce la dependencia.
Cuando Washington elevó los aranceles, Canadá respondió con medidas de represalia. En agosto de 2025, el gobierno canadiense anunció que eliminaría los aranceles sobre productos estadounidenses cubiertos por T-MEC, pero mantendría medidas sobre sectores estratégicos.
La lógica se hizo cada vez más evidente, había que negociar con Washington desde una posición de mayor capacidad de resistencia.
Es un intento por convertir la vulnerabilidad geográfica de Canadá en una ventaja económica más amplia, la de ser un país con recursos, capital, estabilidad institucional y acceso a múltiples mercados.
En su búsqueda de nuevos socios, Carney encontró a uno grande al este. En un nuevo giro, el canadiense no está simplemente intentando vender más productos canadienses en Europa.
Está intentando construir una relación estratégica.
En junio de 2025, Canadá y la Unión Europea reafirmaron su asociación estratégica, que incluye comercio, seguridad económica, transición digital, cambio climático y defensa.
Ese mismo mes firmaron una Asociación de Seguridad y Defensa y comenzaron el proceso para que Canadá pudiera participar en SAFE, el mecanismo europeo de compras conjuntas de defensa.
Recientemente, en septiembre de 2026, Carney viajó a Europa y habló ante el Parlamento Europeo. Allí planteó una alianza mucho más amplia que incluya minerales críticos, defensa, inteligencia artificial, energía, espacio, servicios financieros, comercio digital y seguridad.
Pero al igual que hizo en Davos este año, su discurso fue más allá de los intereses comerciales. Habló de democracia, de soberanía y de libertad.
Y también de la necesidad de que Canadá y Europa reduzcan su vulnerabilidad frente a las grandes potencias.
El 16 de septiembre, Ursula von der Leyen propuso incluso explorar para Canadá una condición de “miembro asociado” de la Unión Europea. La fórmula no existe actualmente en los tratados europeos y no constituye una membresía de Canadá.
El propio Carney ha dejado claro que Canadá no está buscando convertirse en miembro pleno. La propuesta tendrá que ser desarrollada y, si llegara a formalizarse, requeriría el acuerdo de los Estados miembros.
Lo importante, por tanto, no es el nombre. Es la dirección. Canadá está intentando acercarse políticamente a Europa de una manera que va mucho más allá de CETA, el acuerdo comercial que ya tienen.
La idea se veía difícil cuando en enero de 2026, cuando Carney habló sobre el futuro de su país en el Foro Económico Mundial de Davos, Carney pronunció el discurso que lo lanzó a las primeras planas del mundo.
Allí citó directamente a Václav Havel. No como una referencia decorativa, sino que utilizó una de las ideas centrales de El poder de los sin poder, el ensayo que Havel escribió en 1978 cuando todavía era un disidente checoslovaco.
Carney contó la conocida historia del verdulero que coloca en su escaparate el letrero comunista “Obreros del mundo, ¡únanse!” aunque no cree en él.
Havel llamó a eso “vivir dentro de la mentira”. Carney tomó esa metáfora y la trasladó al orden internacional.
Su argumento fue que durante décadas países como Canadá habían participado en un sistema internacional basado en reglas que, en la práctica, no siempre funcionaba como decía funcionar.
Las grandes potencias aplicaban las reglas de manera desigual y se reservaban excepciones cuando les convenía. Durante años, dijo, esa ficción había sido útil. Pero ya no.
Para Carney, el equivalente contemporáneo del letrero del verdulero consiste en seguir hablando de un orden internacional basado en reglas como si ese orden continuara intacto. Su propuesta no es abandonar los principios. Es dejar de fingir que ya están garantizados.
En Davos lo formuló de otra manera: Canadá debía mantener sus principios en su defensa de la soberanía, la integridad territorial, los derechos humanos y las reglas internacionales.
Pero también dejó en claro que debía ser pragmático respecto de un mundo en el que los intereses de los países divergen y las grandes potencias utilizan su poder económico para presionar a otros Estados.
Quizá la mejor manera de entender a Mark Carney sea observar las crisis que han definido su carrera, desde el 2008 hasta la actualidad.
Carney se ha sabido reinventar y ha sabido administrar las crisis que ha enfrentado. Por eso su nuevo acercamiento con la Unión Europea debería ser visto más de cerca. Algo sabe el banquero convertido en político.
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