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DISCUSIÓN: Refundar el barrio universitario

La UNAM anuncia el Campus Centro Histórico como un proyecto de “refundación” del antiguo 'barrio universitario'. Más que un solo retorno a su espacio original, el plan busca revitalizar el centro de la Ciudad de México con actividades culturales que fortalezcan la utilidad social de la universidad y su vínculo con la urbe que la vio nacer, recuperando un 'ethos' que, desde 1910 y tras la autonomía de 1929, ha puesto a la máxima casa de estudios al servicio de los problemas nacionales.

José Ángel Beristáin Cardoso

Desde la rectoría se anunció la creación del Campus UNAM Centro Histórico como un espacio abierto para toda la sociedad, con la finalidad de optimizar recursos, potenciar la interacción de sus comunidades y coadyuvar en la conservación del patrimonio inmobiliario histórico bajo resguardo de la máxima casa de estudios. En propias palabras del rector Leonardo Lomelí Vanegas, esta decisión significa “fortalecer su utilidad social”. 

La sede central de este gran proyecto de retorno (¿o refundación?) del 'barrio histórico' será el antiguo Templo de San Agustín, el cual reabrirá el próximo año como el Claustro Abierto Universitario San Agustín. Esta sede se erigirá como el núcleo donde convergerán la docencia, la investigación y la extensión cultural. 

El Templo de San Agustín y el ethos extensionista

En 1867 se restableció por decreto presidencial la Biblioteca Nacional y se designó como director a José María Lafragua. Como sede fue seleccionada la antigua iglesia del Templo de San Agustín, la cual en tiempos de la intervención francesa —tomando como fuente las notas de la publicación Biblos de 1919— había sido adquirida por el empresario y conservador don Antonio Escandón, y posteriormente recuperada por el gobierno federal tras imponerle una multa de 80,000 pesos por haber prestado servicios a la intervención y al Imperio de Maximiliano. El nuevo proyecto implicaba adaptar una planta basilical, que se había mantenido en ruinas por mucho tiempo y estaba destinada a la devoción cristiana a través del claroscuro barroco, para dar paso a mamparas y estantería para la lectura pública, así como a la devoción secular: civismo y razón. 

La obra se encomendó al arquitecto Vicente Heredia y al ingeniero civil Eleuterio Méndez, miembros de la Academia de Nobles Artes de San Carlos. Ambos constructores enfocaron su esfuerzo y habilidad en realizar trabajos en la fachada principal y lateral, estatuas y bustos exteriores, decorado del salón y el vestíbulo, pinturas alegóricas, así como en fuentes, asientos, plantas y árboles del atrio, entre otros elementos. 

Para 1914, en plena efervescencia de la Revolución mexicana y cuatro años después de haberse creado la Universidad Nacional, la Biblioteca Nacional —con su sede en el Templo de San Agustín—, se insertó dentro de la estructura universitaria. Como bien se destaca en las investigaciones de Agustín Cano Menoni, especialista en la historia y modelos de la extensión universitaria en América Latina, el resguardo de los libros y los textos significaba para la máxima casa de estudios nutrir el ethos de la extensión universitaria; en otras palabras: “fortalecer el espíritu del resguardo y difusión de la cultura”.

Quién habría de imaginar que en 1979 se trasladaría todo el acervo bibliográfico y hemerográfico del Templo de San Agustín al Centro Cultural Universitario, en el sur de la ciudad de México, y que, durante una larga etapa de abandono e incertidumbre, el recinto iniciaría una nueva etapa de revalorización patrimonial como epicentro del proyecto Campus UNAM Centro Histórico. Esto ha otorgado un nuevo sentido y valor social, cultural, económico y simbólico al ‘barrio universitario’ del corazón de la capital de nuestro país: aquél del que se salió o del que nunca se fue del todo.

 El 'barrio universitario'

Hablar del ‘barrio universitario’ me remite a las valiosas investigaciones de María de Lourdes Alvarado, en donde la historiadora señala con precisión que aquellas instituciones que aglutinó la Universidad Nacional —desde su creación el 26 de mayo de 1910—, tales como la Escuela Nacional Preparatoria, Jurisprudencia, Medicina, Ingenieros, la sección de Arquitectura de la Escuela de Bellas Artes, y la Escuela Nacional de Altos Estudios, se ubicaron en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Estas dependencias quedaron a poca distancia unas de otras, dentro de los límites de cuatro de los ocho cuarteles que conformaban en ese entonces la municipalidad de México: instancias enclavadas en un pequeño territorio que constituía el radio principal de las actividades económicas, culturales, sociales y políticas de la capital del país, lo que popularmente se llegaría a conocer como el ‘barrio universitario’. 

No es casualidad que, si recorremos actualmente el primer cuadro del centro histórico, nos encontremos con antiguos locales de libros, materiales ortopédicos y dentales, artículos de arquitectura y diseño, galerías de arte, cafés y diversos establecimientos comerciales. De hecho, si navegamos en Internet, podemos encontrar recomendaciones en varios sitios web de las rutas para conocer los edificios emblemáticos que conformaron el ‘barrio universitario’: lo que quedó o se construyó sobre lo que algún día fue la Real y Pontificia Universidad de México, el Palacio de la Autonomía, la Academia de San Carlos, el Antiguo Colegio de San Ildefonso, la Antigua Escuela de Jurisprudencia, el Museo de las Constituciones, el Palacio de la Escuela de Medicina, la Antigua Escuela de Economía, el Palacio de Minería y el Antiguo Templo de San Agustín. 

Inmerso en el mundo de la omnipresencia digital e hiperconectividad, el Museo UNAM Hoy —que siempre va un paso adelante— lanzó desde 2022 una plataforma o aplicación móvil llamada Barrio Universitario. En ella, los usuarios pueden conocer mediante imágenes y sonidos los edificios emblemáticos, su historia y su presente, de tal modo que se perciba que la UNAM no sólo nació allí, sino que sigue presente a través de múltiples y variadas actividades. 

Campus UNAM Centro Histórico de la Ciudad de México

Me atrevo a llamar proyecto de ‘refundación’ del barrio universitario porque no se trata meramente de un retorno; como bien dicen quienes lo impulsan, estas nuevas acciones persiguen dotar a la presencia de la universidad de un nuevo enfoque en el espacio que la vio nacer, donde los programas de posgrado, el debate académico y las actividades culturales contribuyan al servicio comunitario y la revitalización urbana de la zona.

El nuevo proyecto busca coordinar los antiguos Templo de San Agustín, Academia de San Carlos, Templo de San Pedro y San Pablo, Colegio de San Ildefonso; Escuela de Jurisprudencia, Escuela de Economía y Cárceles de la Perpetua, además de los Palacios de Medicina, Minería y de la Autonomía; el Museo de la Mujer y su anexo; el Centro Cultural San Carlos y los talleres de restauración de la Facultad de Artes y Diseño; los talleres y bodegas del Mandato del Antiguo Colegio de San Ildefonso; Museo UNAM Hoy; el edificio del Protomedicato y la Secundaria Lancasteriana; el predio de República de Bolivia; el Programa Universitario de Estudios Sobre la Ciudad; y la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial.

“La UNAM no puede entenderse sin el Centro Histórico, y el Centro Histórico no puede explicarse sin el Barrio Universitario que durante más de cien años ha sido un actor relevante de su devenir”. Detrás de estas palabras del propio rector Lomelí Vanegas se develan distintos significados. En efecto, en el enclave del barrio universitario, y tomando los apuntes del historiador Adolfo Gilly, “el pasado, territorio de la historia, no es destruido por el presente”. Así el ‘barrio universitario’ se ha convertido en un reservorio de acontecimientos, conocimiento, razón y esperanza: desde el desarrollo del pensamiento crítico hasta la lucha estudiantil por la autonomía universitaria en 1929.  

A partir de la autonomía, el Departamento de Extensión Universitaria —como se difundió en la Revista Universidad de México de 1932— impulsó que la institución se posicionara cada vez más frente a los problemas de México, difundiera la ciencia y apuntalara la pedagogía de la escuela de la acción: enseñanza experimental, desarrollo de la vocación, conciencia de la solidaridad social, el acercamiento con el pueblo, la formación del tipo de profesionistas de servicio social, y la organización de la juventud en el sentido de la cooperación nacional y el acercamiento social. 

Hoy en día, la ‘autonomía’ —como afirman expertos de la talla de Renate Marsiske— es el reclamo de su independencia sustancial y la condición vital para que la universidad realice sus tareas. En estas tareas se inscriben, precisamente, estos nuevos proyectos.

*José Ángel Beristáin Cardoso. Doctor en Historia y Etnohistoria por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Adscrito al Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
@beristainAn


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