En una entrevista con Le Monde alerta sobre tendencias fascistas en Francia, Alemania y el gobierno de Trump; considera a Italia un laboratorio político de estos fenómenos
En una entrevista con Le Monde alerta sobre tendencias fascistas en Francia, Alemania y el gobierno de Trump; considera a Italia un laboratorio político de estos fenómenos

El fascismo no necesariamente vuelve con camisas negras, saludos romanos y un dictador que se proclama Duce. Puede regresar disfrazado de otra cosa, impulsado por el miedo, el resentimiento y líderes capaces de decirle a la multitud lo que quiere escuchar.
Esa es la advertencia de Antonio Scurati, el escritor italiano que dedicó diez años y cerca de tres mil páginas a reconstruir la vida de Benito Mussolini y el nacimiento, auge y derrumbe del fascismo.
En una entrevista publicada por el diario francés Le Monde, con motivo de la aparición del quinto y último volumen de su monumental serie M, Scurati resume así la principal conclusión de una década metido en las entrañas del fascismo: la democracia no es irreversible. Puede morir.
Por eso abre el último libro con una advertencia: “A todos aquellos que todavía creen en la democracia: que se preparen para luchar”.
Scurati dice pertenecer a una generación que recibió la democracia como herencia y terminó creyendo que era una condición natural de las sociedades occidentales. Fue un error, sostiene: “No hay democracia sin una lucha constante de los demócratas para defenderla”.
Hasta el título de su último volumen, M. El fin y el principio, tiene un doble significado.
El primero es histórico: el fin del fascismo y el comienzo de la democracia italiana.
El segundo mira hacia nuestros días: el fin de la democracia y “el comienzo de algo más”.
“La democracia es un experimento reciente en la historia de la humanidad”, recuerda. Puede nacer y puede morir.
Pero quizá la parte más inquietante de la entrevista aparece cuando Scurati explica qué aprendió de Mussolini después de diez años de estudiarlo.
Lo llama la “supremacía táctica del vacío”.
Mussolini podía imponerse y seducir a las masas, sostiene, precisamente porque carecía de principios, ideas y estrategias estables. Esa flexibilidad le permitía detectar el descontento, apropiarse de él y transformarlo en poder.
Scurati lo resume con una paradoja formidable: Mussolini era capaz de “guiar a las masas siguiéndolas”.
No imponía necesariamente una doctrina elaborada a sus seguidores. Captaba sus frustraciones, sus miedos y sus resentimientos; los absorbía y después aparecía ante ellos como su intérprete y conductor.
Por eso Scurati considera a Mussolini algo más que el inventor del fascismo. Lo define como “el primer líder soberanista populista de la historia” y un arquetipo político que posteriormente aparecería, con formas distintas, en Europa y América.
El escritor no sostiene que la historia simplemente se repita.
Lo que puede regresar, explica, no es el fascismo de 1922, sino lo que llama su “legado cadavérico”: la combinación de miedo, resentimiento e impulsos autoritarios que hizo posible aquella experiencia y que puede adoptar nuevas formas políticas.
En el único pasaje de ficción que se permitió en casi tres mil páginas, Scurati hace hablar al cadáver de Mussolini, colgado de los pies en la Piazzale Loreto de Milán después de su ejecución en 1945.
“Mi pueblo seguirá existiendo. Y otra vez. Y otra vez. El cadáver volverá”.
Para Scurati, ese cadáver ya regresó bajo formas históricamente distintas y, según su interpretación, gobierna incluso algunos países.
Su método para llegar a esas conclusiones resulta igualmente revelador. Scurati asegura que en sus cinco novelas no inventó acontecimientos, personajes ni diálogos. Se impuso una regla: trabajar sobre hechos documentados y fuentes históricas.
Quería contar el fascismo desde dentro.
Y ahí encontró otro problema.
Durante décadas, explica, Italia narró aquella época desde la perspectiva de las víctimas, los antifascistas y la Resistencia. Era una historia necesaria, pero permitió instalar una comodidad colectiva: pensar que los fascistas siempre habían sido “ellos”.
Scurati responde: no.
“Nosotros éramos los fascistas. Nosotros, los italianos. Nosotros, muchos europeos”.
Unos por convicción; otros por interés. Convertir siempre el mal en algo cometido por “los otros”, sostiene, impide entender cómo nace un régimen autoritario y, sobre todo, dificulta reconocer las condiciones que pueden hacerlo regresar.
La conversación con Le Monde termina en el presente.
Scurati ve tendencias que califica de fascistas fuera de Italia y menciona expresamente a Francia, Alemania y la segunda administración de Donald Trump en Estados Unidos. Italia, afirma, vuelve a funcionar como un laboratorio político de fenómenos que posteriormente aparecen en otros países occidentales.
Después de diez años estudiando a Mussolini, la conclusión de Scurati es incómoda precisamente porque no habla sólo de Mussolini.
Los dictadores mueren.
Las condiciones que los hicieron posibles, no necesariamente.
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