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ARQUITECTURA: Memoria frente al mar

Andrea S. Chávez

Llegué a Portbou en tren. Dejé las maletas encargadas para poder ir caminando al memorial. Lo primero que me llamó la atención es que el pequeño pueblo de la Costa Brava enfatiza a Walter Benjamin. Además de murales con su imagen y un mosaico del Angelus Novus, varios letreros señalan la ruta para llegar a su memorial. Hay que subir unas escaleras empinadas para lograr subir al acantilado. Una vez arriba, la vista de la playa azul te roba el aliento. 

Tardé varios minutos en concentrarme para continuar hacia el memorial. Junto a un olivo yace una estructura metálica que se adentra al acantilado como un túnel. Al descender, la oscuridad te acompaña. No es absoluta porque al fondo aparece un atisbo de luz que funciona como guía para, finalmente, contemplar el paraíso: la espuma de las olas, la playa bajo el cielo azul y el viento que llega desde el mar. 


Passatges es el memorial que Dani Karavan realizó para recordar al filósofo Walter Benjamin, quien huyendo del nazismo se quitó la vida en la frontera de España con Francia en 1940. Karavan reemplazó el monumento figurativo por una experiencia corporal: la de atravesar la penumbra siguiendo la luz y finalmente contemplar el mar. Incorporó al paisaje en la obra, y,  con muy pocos elementos, lo convirtió en parte fundamental del memorial.  
Al final del recorrido, una placa de cristal transparente interrumpe el paso antes de llegar al mar. Sobre ella está inscrito un texto de Benjamin: “Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre”. El cristal permite leer y, al mismo tiempo, continuar viendo el agua detrás de las palabras. La memoria y el paisaje quedan superpuestos; una no cancela al otro.

Quizá ahí se encuentra una de las mayores virtudes de Passatges. Frente a la monumentalidad con la que solemos recordar a las figuras célebres, Karavan construye un gesto mucho más sencillo: un descenso, una sombra, una apertura y un paisaje. No hay una imagen de Benjamin que mirar ni una gran escultura que explique su muerte. Hay, en cambio, unos minutos para atravesar la oscuridad y detenerse frente al mar.  El pasado no sustituye al presente ni el monumento intenta congelarlo. Por el contrario, las olas siguen llegando, el viento continúa y el paisaje permanece en movimiento mientras nosotros recordamos a quien murió allí hace más de 80 años. Recordar puede ser también eso: construir un espacio que no pretenda responder, sino ofrecer un lugar para contemplar y reflexionar.

*Andrea S. Chávez. Historiadora del arte y antropóloga urbana. Su trabajo explora las relaciones entre arquitectura, ciudad, patrimonio y memoria desde una perspectiva crítica. Escribe sobre cultura visual, espacio público y las formas en que habitamos el territorio.
@Andrea_Vez

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