Carla Garduño
De la mano de la literatura testimonial, el archivo se ha convertido en uno de los motivos más recurrentes del cine contemporáneo. El interés por los dispositivos de memoria ha proliferado en obras que excavan en el archivo personal para obtener material creativo. En los últimos años, películas como Aftersun (Charlotte Wells, 2022), Aún estoy aquí (Walter Salles, 2024) y Romería (Carla Simón, 2025) han integrado fotografías, documentos y otros vestigios para reflexionar sobre la construcción de las grandes y pequeñas historias. Las ruinas nuevas (2024), de Manuel Embalse, es un documental que convierte el archivo en materia de exploración estética y política; es, en sí mismo, un repositorio que especula sobre esta obsesión temática. El expediente de Embalse es inclasificable y orbita entre varias disciplinas: reúne fotografías, grabaciones, fragmentos de textos académicos, poesía, performance, videoinstalación, gráfica y hasta un número musical. Su composición aprovecha la multiplicidad de recursos que domina el director, artista audiovisual y músico de formación, devenido en arqueólogo autodidacta.
En la primera escena, a la manera de Los espigadores y la espigadora de Agnès Varda, la voz en off de Embalse escribe una nota al pie sobre la carpeta que estamos a punto de abrir: las fotos y videos de basura electrónica que aparecen en pantalla fueron recolectados durante más de diez años. Su acervo surgió de la observación y del espíritu primigenio de recolector que se apodera de quien tiene una cámara en mano. Según su acotación, se trata de un diario personal. Sin embargo, unos minutos después, cuando se muestra en pantalla una jornada de trabajo de una cooperativa de reciclaje de residuos electrónicos, se descubre la dimensión más potente del filme: la relación entre los objetos que almacenan nuestra memoria y la historia de su producción. A las fotografías de memorias USB, partes de computadoras y DVD encontrados en aceras solitarias, o a las raíces de un árbol que absorbió una computadora, les siguen imágenes de vertederos gigantescos de basura, fábricas, yacimientos de litio y cascarones de satélites a la deriva en el espacio. Entonces no se trata únicamente de una obsesión personal, sino de las redes y cadenas de producción, uso y destrucción de las herramientas que sirven para almacenar fragmentos de nuestras vidas.
El vaivén entre el relato individual y los grandes sucesos alcanza su clímax cuando aparecen en pantalla nombres de ensambladores de máquinas, seguidos de fragmentos de poemas escritos por Xu Lizhi, obrero de una fábrica de productos electrónicos de la multinacional Foxconn. “Me tragué una luna hecha de acero. / Hablan de ella como si fuera un tornillo. / Me tragué estas aguas industriales, esos documentos de desempleo”. El poeta se suicidó a los 24 años y, según Embalse, sus amigos publicaron sus poemas en Internet, “como quien lanza cenizas al viento”.
Embalse no titubea al hacer manifiesta su postura política frente a la industria tecnológica. Su visión es crítica e, incluso, hace un llamado a unirse —no queda muy claro cómo— ante la explotación ecológica y laboral que la sostienen. No obstante, también es consciente de su participación en las cadenas de consumo y desecho: al final, se graba a sí mismo como un Sísifo que sube una montaña arrastrando a cuestas un monitor.
La labor del archivista inicia con la compilación pero se consuma con su organización. El archivo es infinito en tanto que el acomodo, edición, recorte y eliminación de sus componentes también lo son. El montaje es una de las mayores virtudes del documental y también una de sus principales debilidades. Ver Las ruinas nuevas es abrir una caja que ofrece vastas posibilidades entre texturas, letras desordenadas y cables enredados y, sin embargo, a ratos su mensaje se pierde entre la estática. Es por eso que la voz en off se empeña en dirigir la reflexión, a veces con éxito y otras tantas cayendo en el exceso. Al final, su forma transmite una atmósfera caótica en la que la información circula mucho más rápido de lo que la vista y la memoria pueden asir. Tal vez ésa es la razón por la que el archivo rumia las conciencias de nuestros tiempos.
*Carla Garduño. Internacionalista por El Colegio de México e hispanista en formación por la UNAM. A partir de lo que ve, piensa las formas de narrar.
@la_carlaverita
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