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Cuando el poder se inventa un cuerpo

Mucho antes de pronunciar nuestra primera palabra, ya nos comunicamos con el cuerpo. Si sobrevivimos fue porque nuestros cuidadores supieron reconocer el hambre, el miedo, el dolor o el cansancio en la forma en que llorábamos, mirábamos o nos movíamos. Tal vez por eso seguimos confiando más en un gesto que en un discurso: el cuerpo muestra las emociones antes de que podamos pensarlas o controlarlas.

Jacinda Ardern lo cuenta en sus memorias, A Different Kind of Power. Durante las negociaciones que la llevaron a ser primera ministra de Nueva Zelanda, salía de las reuniones con páginas de notas, pero lo que de verdad observaba era el lenguaje corporal: un movimiento de cabeza, una mirada, cualquier señal que indicara hacia dónde se inclinaba la decisión.

Pero hoy el cuerpo también puede ser inventado. Muchos políticos utilizan la inteligencia artificial, pero Trump la ha convertido en una herramienta para construir y exagerar su imagen de hombre fuerte.

El pasado fin de semana, un joven murió después de entrar al recinto de un tigre en un parque de Inglaterra. Trump republicó en Truth Social el video del ataque con una frase: “Nunca te metas con la naturaleza”. Después difundió un video hecho con inteligencia artificial en el que él ocupa el lugar del joven, pero con otro final: corre detrás del tigre, lo derriba con las manos y termina abrazándolo.

Una muerte real se convirtió en una fantasía digital protagonizada por el presidente de Estados Unidos.

No es la primera vez. Durante la campaña de 2024, Trump compartió imágenes generadas con inteligencia artificial que mostraban a supuestas seguidoras de Taylor Swift apoyándolo y a Kamala Harris frente a una multitud con símbolos comunistas. Ya en la Casa Blanca, la fantasía perdió los límites: Trump apareció como rey, papa y guerrero. En abril de 2026 se mostró con túnica blanca, sanando a un enfermo con las manos. La imagen provocó críticas incluso entre algunos de sus seguidores cristianos, que la consideraron blasfema. Trump la eliminó y aseguró que él había creído que la imagen  lo mostraba “como doctor”.

La exageración puede reforzar el personaje. Pero también tiene límites.

La inteligencia artificial se volvió una extensión de su lenguaje no verbal. Le sirve para exagerar los dos personajes que ha construido durante años: el hombre común que entiende a sus seguidores y el hombre fuerte que puede hacer lo que nadie más.

Vladimir Putin construyó su imagen de fuerza montando a caballo con el torso desnudo, practicando judo frente a las cámaras o sumergiéndose en aguas heladas. Su cuerpo real era parte de la puesta en escena. Trump ya no necesita hacer nada de eso. A los 80 años, la inteligencia artificial le da músculos, lo pone a correr y lo convierte en guerrero sin exigirle un solo esfuerzo.

En el video, Trump no solo vence al tigre: lo domestica y lo convierte en aliado. Lo hace sin quitarse el traje ni la corbata. La fuerza física y la autoridad presidencial quedan reunidas en un mismo cuerpo, aunque ese cuerpo no exista.

El hombre fuerte no nació con la inteligencia artificial. En 2024, tras el atentado en Pensilvania, Trump se levantó con sangre en el rostro y alzó el puño. Días antes de la elección sirvió papas en McDonald’s y se subió a un camión de basura con chaleco naranja. Podía ser, al mismo tiempo, el trabajador común y el hombre excepcional que sobrevive.

En aquel entonces le bastó con ponerle cara al problema. La economía estaba mal y el culpable era “Sleepy Joe”. Frente a un presidente cansado, él ofrecía fuerza.

Dos años después, la posición es otra. Ya no observa los problemas desde fuera: ahora gobierna. Según AP-NORC, solo el 26 % de los adultos estadounidenses aprueba su manejo de la economía, el nivel más bajo registrado por esa encuesta. Conquistar el poder permite señalar culpables; conservarlo exige responder por lo que ocurre.

La paradoja se observa en la publicidad electoral. Según The Washington Post, los demócratas han destinado 111 millones de dólares a anuncios que mencionan a Trump; los republicanos, apenas 11 millones. No aparece en las boletas del 3 de noviembre, pero sigue siendo el rostro de la elección.

El tigre digital puede reforzar la idea de un Trump invencible. Pero también comunica algo que ningún algoritmo puede disimular: frente a una tragedia real, no tuvo la menor empatía y eligió convertirla en un espectáculo sobre sí mismo.

La inteligencia artificial puede fabricar al hombre fuerte. Lo que no puede demostrar es que su gobierno también lo sea.

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