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Educación, protesta y libertad

De mayo a octubre, las protestas estudiantiles han sacudido calles y gobiernos. De la inmensa India a la pequeña Albania. De Francia a Argentina. Países distantes, con historias, culturas, instituciones y economías distintas. Una misma inquietud recorre sus aulas.

Los detonantes también fueron diferentes. En India, la filtración de un examen de ingreso a medicina quebró la confianza de quienes habían apostado años de esfuerzo a una competencia justa. En Francia, alumnos de la periferia denunciaron profesores ausentes y escuelas deterioradas. En Albania, el rechazo a un desarrollo turístico de lujo convergió con reclamos educativos. En Argentina, el deterioro del financiamiento universitario movilizó a estudiantes y trabajadores.

Cada chispa encontró hierba seca. Un agravio concreto hizo visible una experiencia compartida que encontró una voz común.

Las protestas, a pesar de sus diferencias, tienen un punto de unión: la búsqueda de libertad. Soberanía personal. Poder elegir y desarrollar un proyecto de vida sin depender de la voluntad de los poderosos. Por eso la educación ocupa el centro. Sus conocimientos y habilidades permiten ampliar las opciones, ejercer el juicio y abrir caminos de movilidad social.

Pero esa promesa se rompe cuando el origen determina el destino. El contraste entre Saint-Denis y las escuelas privilegiadas de París lo expresa: pertenecer a una misma república no garantiza la misma libertad. La desigualdad educativa levanta un muro invisible, pero infranqueable: reaparecen estamentos disfrazados de meritocracia. Hay libertad de elección, pero entre opciones insignificantes. No hay verdadera autodeterminación en los asuntos sustantivos de la vida.

La tensión es antigua. Maquiavelo argumenta que en las sociedades hay dos tipos de personas: quienes quieren dirigir y quienes simplemente quieren que los dejen en paz y en libertad. Por ello, el gobierno republicano debe organizar esa tensión para proteger la independencia de cada persona. Kant aporta su fundamento moral: cada ser humano es un fin en sí mismo. Nadie debe quedar reducido a instrumento para acumular riqueza o poder.

Las revoluciones republicanas abrieron espacios de libertad. La Revolución Industrial multiplicó riqueza, pero también subordinación y dependencia. Después de la Segunda Guerra Mundial, los derechos y la expansión de la educación, la salud y la seguridad social ampliaron las posibilidades de autonomía. Hoy, la movilidad global del capital y el cambio tecnológico vuelven a partir a las sociedades.

El populismo encuentra ahí su fuerza. Reúne agravios, ofrece identidad y promete reparación. Pero cuando concentra el mando y pacta con las élites que denuncia, desfigura los contrapesos y crea una dominación aún más cruel.

México, hasta el momento sin esas protestas, tiene una crisis mayor. Morena ha profundizado sus causas: degradó la educación al eliminar las Escuelas de Tiempo Completo, revertir la carrera docente, hacer libros de texto inservibles, reducir el monto de las becas y de los presupuestos para las universidades. A esa degradación se suman el empleo precario, el dominio criminal y una justicia sometida al poder.

La salida exige una transformación republicana radical. Un nuevo acuerdo que reoriente el capital y la tecnología hacia la vida libre y no hacia una vida dependiente. Potenciar la educación, salud y seguridad; independizar a la justica; limitar a monopolios, mafias, caciques y dirigencias sindicales. Sus intereses no pueden degradar los derechos que permiten una vida independiente para todos.

En el siglo XIX, Disraeli describió dos naciones dentro de un mismo país, separadas hasta desconocerse. Esa fractura vuelve a amenazarnos. El populismo es una salida falsa que conduce a mayor precariedad y dependencia.

Hay que derrotarlo con un proyecto republicano para el siglo XXI: que cada persona sea soberana de su destino y pueda desarrollar su propio proyecto de vida en paz y libertad.

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