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El final de las autoridades electorales

Pablo Hiriart ha documentado inteligente y extensamente las verdaderas razones de la caída de Taddei. Fue su cercanía o simpatía con las aspiraciones presidenciales de Clara Brugada y no la corrupción el motivo de su destrucción mediática y posteriormente de su renuncia. Bien, esto evidencia, por si alguna duda quedaba, que el gobierno controla integralmente las autoridades electorales en este país. Primero fue el tribunal electoral, luego el INE, pero ambas instituciones se convirtieron en dependencias sujetas al arbitrio presidencial. Ahora Morena y sus aliados legislativos disponen de las 2/3 partes de los votos necesarios para elegir al remplazo de Guadalupe Taddei. Como en los viejos tiempos del autoritarismo priista pues: el gobierno como jugador y árbitro de las elecciones.

Ante esa situación, la pregunta se impone. Si las autoridades electorales no son en absoluto imparciales ni independientes ni nada parecido, cuál es el sentido de participar en contiendas electorales previamente definidas a favor del oficialismo. Los partidos de oposición que ni siquiera forman un bloque unido, no tienen la capacidad de formular una propuesta común para encabezar el INE. En esas condiciones, postularse y competir por un cargo de elección popular parece una determinación estéril. No es así.

En primer lugar, la alternativa a los comicios siempre será la violencia, de modo que no es la vía para quienes creemos en la resolución pacífica de los conflictos sociales. En segundo término, es fundamental evidenciar la debilidad del bloque gobernante o cuando menos la caída en sus preferencias donde sea factible con movilización electoral. En tercera instancia, hay espacios locales que la oposición sí podría ganar. Ahora bien, ello no supone que no pueda combinarse la participación electoral con la denuncia de la inequidad en la contienda. No cambia el resultado, pero sí el prestigio de los ganadores.

Sería indispensable documentar una y otra vez la parcialidad manifiesta de autoridades electorales predispuestas en favor del poder, a fin de poner de relieve dicha situación a nivel internacional. A la vez, parte de la campaña opositora debería consistir en la socialización del problema con el votante promedio. Desde luego, no soy ingenuo y sé que nada de esto sucederá, pero en el terreno teórico vale la pena tener claros los objetivos. En Turquía, en plena hegemonía de Erdogan y los suyos, con una autoridad electoral totalmente entregada al gobierno, las oposiciones lograron ganar importantes ciudades y evidenciar las trampas del poder. Parece una meta muy limitada, pero es la más realista que alcanzo a ver por ahora en las elecciones del año entrante.

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