Cuando nació Edipo, un oráculo anunció que mataría a su padre. Para evitarlo, sus padres lo abandonaron, y fue precisamente ese abandono lo que, años después, hizo posible la profecía. A veces, el intento de esquivar un destino es lo que nos lleva directo a él.
Algo parecido veo en nuestro sistema de partidos.
México tenía razones de sobra para desconfiar: sindicatos, centrales campesinas y organizaciones sociales funcionaron por décadas como brazos de un partido. La ayuda llegaba con credencial y la despensa con instrucción de voto. Como respuesta, levantamos un muro entre los partidos y la acción social con la intención de impedir que lucraran electoralmente con la necesidad. Entiendo la lógica; sin embargo, al alejarlos del trabajo social, los dejamos sin contacto directo con los problemas que dicen querer resolver, alejados de su espacio para probar soluciones o aprender de quienes trabajan con las causas. Su función fue cada vez más acotada: competir por votos. Se volvieron maquinarias electorales, muy eficaces para conseguirlos y con muy poco que ofrecer entre una elección y otra.
Lo más triste es que el clientelismo no desapareció; los gobiernos conservan instrumentos para repartir recursos a una escala que ningún partido tiene, y el actual eliminó los mecanismos que medían si esos programas funcionaban. El muro no quitó el incentivo de usar la necesidad con fines políticos, pero sí alejó a la política de quienes trabajan para resolver problemas sociales.
Como Edipo, terminamos en el escenario que queríamos evitar: partidos que se acercan a la gente para pedirle el voto, pero con pocos incentivos para escucharla y aprender de ella.
La respuesta no puede ser ignorar los riesgos que justificaron el muro, ni asumir que la distancia es la única forma de prevenirlos. Hay organizaciones con años de conocimiento sobre problemas que la política suele abordar desde un escritorio. Hace falta sentarlas a la misma mesa con los partidos y poner el problema enfrente: cómo colaborar sin subordinarse, sin intercambio de favores y sin condicionar apoyos.
Diseñamos partidos para evitar que capturaran a la sociedad y, en el camino, levantamos barreras para que la experiencia de la sociedad transformara a los partidos.
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