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La lengua materna de la impunidad

El vicio de nuestra tierra reside en el abismo donde la ley se vuelve humo y la impunidad, costumbre. Nos hemos habituado a la barbarie como se aprende una lengua materna: por repetición y por trágica necesidad. La autoridad desfallece y el ciudadano aprende pronto que la justicia es un lujo y que el Estado no habrá de acudir.

En contraste luminoso se alza el espejo nipón. Japón no doblegó a la Yakuza con la retórica vana del castigo, sino con el rigor frío y la tenacidad de sus instituciones. Primero nombró al mal con todas sus letras y lo asentó en registros; después le asfixió las venas financieras, cerrándole la puerta a la banca, a la vivienda y al capital, mientras la investigación criminal avanzaba sin tregua. Se volvió, en suma, un Estado tan sólido que el crimen organizado resultó un negocio inconveniente. La Yakuza no desapareció, pero sí se plegó.

México, es verdad, navega en mareas distintas. Nos cerca el mayor mercado de drogas del mundo y nos inunda un torrente de armas que la isla asiática jamás conoció. Sin embargo, donde el crimen pierde la protección del poder, la complacencia social y el dividendo económico, termina por encogerse; donde la impunidad alcanza el 93% (México Evalúa), la delincuencia se reproduce sin freno. Sobre esa ausencia de Estado florece la más perversa de las ilusiones. Los grupos criminales pretenden usurpar las funciones de la república, repartiendo dádivas efímeras para comprar lealtades. No hay piedad en sus actos: el bien que fingen procurar se diluye ante el terror que imponen para afianzar su dominio.

La lección de Japón es diáfana, pero en México tropieza con una verdad monstruosa: la llamada «voluntad política» es una ficción piadosa. En regiones enteras, la única voluntad real de quienes gobiernan es la complicidad con sus financiadores. Ahí radica la tragedia: un Estado moldeado a imagen y semejanza del hampa, donde las autoridades no persiguen al crimen porque, en demasiados casos, forman parte de él. Para muestra dos botones: el gobernador de Sinaloa y la presidenta de Morena.

Mientras el Estado no recobre el idioma de la ley, seguiremos hablando, con la mansedumbre de siempre, la lengua materna de la impunidad. Japón encareció el crimen hasta volverlo un mal negocio. Nosotros seguimos subsidiándolo con nuestro silencio.

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