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DANZA: De las calles a los escenarios

Daniela Martínez

La danza urbana, también conocida como urban dance o street dance, nació en el Bronx (Nueva York, Estados Unidos) en la década de 1970 como una contrapropuesta a la danza cuyo origen provenía de academias institucionalizadas y servía como espectáculo y cultura para las élites que podían acceder a recintos de costos elevados o a clases con profesores altamente preparados en la disciplina. La danza urbana en sus inicios fue una respuesta subversiva contra la estética aceptada por las élites, conglomerando a los habitantes de clase baja de origen afroamericano y puertorriqueño en parques, calles, fiestas, clubes nocturnos y callejones. Asimismo, el urban dance fue un vehículo para resolver conflictos entre las pandillas del Bronx, ya que coadyuvó a evitar enfrentamientos y canalizó la violencia en expresiones artísticas relacionadas con el honor.

La convocatoria de la danza urbana en las poblaciones racializadas y marginadas de la periferia dio paso a las battles o batallas callejeras donde los bailarines competían entre sí, de tal forma que el encuentro significaba apropiación de los espacios, creación de lazos comunitarios, construcción de identidad, fomento al deporte y creación de arte. Sin embargo, hoy en día es posible encontrar plataformas como Manager Battle Pro, donde bailarines y profesores pueden conectarse para acceder a clases o eventos de battle en línea. Lo anterior nos obliga a replantear los orígenes de la danza urbana para proyectar la evolución que tendrá ante la tecnología y la institucionalización.

Si bien los tipos de baile urbano son el hip-hop, el popping, el dance house, el breaking o breakdance, el uprocking, el liquid dancing, el tutting, el krumping, el dancehall, el waacking, y el voguing (estos dos últimos fuertemente vinculados con la comunidad LGTBI+) y existe una amplia representación en los espacios urbanos como protestas y clubes nocturnos, el resto de los tipos enfrenta una evolución en la cual cada vez es menos frecuente verlos en las calles y más común encontrarlos en las academias y escenarios.

El hecho de ver con más frecuencia el urban dance en espacios institucionalizados obedece a que ha dejado de ser incómodo para las élites y ahora el enfoque yace en su grado estético. Por ejemplo, la inclusión del breaking en las Olimpiadas de París 2024 nos invita a pensar en cómo los mecanismos de protesta se pueden despojar de su discurso y medirse bajo parámetros lejanos al origen de estos tipos de danza. De igual forma, el creciente número de academias que enseñan urban dance con base en los métodos convencionales de enseñanza, pero apoyados en las nuevas tecnologías y el exhibicionismo mediático, somete el debate que alguna vez logró pacificar a una comunidad marginada.

En conclusión, es importante recordar el origen rebelde del urban dance para comprender que dentro de la danza hay lucha social y protesta. Sin embargo, debido a la naturaleza fluctuante de la sociedad, las expresiones artísticas o de protesta deben migrar hacia nuevos formatos, en los cuales, peligrosamente es posible que existan modificaciones estéticas, mismas que deberán evaluar los bailarines. Al ser un género dancístico de reciente creación y producto de una sublevación, es posible que su futuro siga cambiando de tal forma que sea contradictorio con sus mismos orígenes y se aleje de las poblaciones vulnerables para complacer la estética elitista.

*Daniela Martínez. Politóloga y bailarina de Ori Tahiti galardonada en competencias nacionales. Defensora de la diversidad corporal y la apropiación del espacio.
@DannRedhead

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